CRITICA / Prometheus (Ridley Scott, 2012). En busca de respuestas.

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Contiene spoilers

Encontrar las respuestas al enigma de base (el origen de todo) podría decirse que es el leitmotiv de “Prometheus”. Tan sólo hay que ver las primeras escenas para comprender que estamos ante un punto de partida de todo lo que conocimos en el universo Alien. Hay que comprender que todas las entregas iban hacia delante, siguiendo la lógica de todo lo que conforma la palabra secuela. Ya en “Alien, el octavo pasajero” (Ridley Scott, 1979) nos encontrábamos con el xenomorfo en su ciclo vital pero nunca supimos comprender la razón o el origen de su especie. No sabíamos qué o quién era. Incluso dejaba la duda más que razonable sobre quiénes eran los space jokeys o si había relación entre esos humanoides y el monstruo. Pero no se puede negar que “Alien resurrección” (Jean-Pierre Jeunet, 1997) no dejó ni buen sabor de boca. Concibió una especie de final abrupto a toda la saga y dejando en el aire cualquier propuesta de continuación. Hay que sumarle que el díptico formado por el pastiche titulado “Alien vs. Predator” (2004 / 2007) tan sólo sirvió para atraer al público fan de las dos especies pero a su vez sirviendo en bandeja que no había nada nuevo que contar o descubrir. Es comprensible pues que cualquier atisbo de nueva secuela se dejase en punto muerto.

Pero ese germen formulado basado en la incógnita de “dónde procede todo”, esa pequeña iniciación, ese pequeño matiz sirvió para que el progenitor de todo, Ridley Scott, le diese forma de una vez por todas pero siempre desde la perspectiva de desvinculación en el sentido más estricto de la palabra pero a su vez sirviendo como precedente o como punto de partida. “Prometheus” es un pequeño punto de conexión entre dos mundos completamente distintos o aparentemente antagonistas. 15 años después de la última incursión todo lo que propone este nuevo viaje está orquestado para abrir el telón y adentrarnos en el comienzo. Las primeras imágenes nos presentan a un ser superior, hercúleo, una divinidad emplazada en un inhóspito lugar (la fotografía y puesta en escena es perfecta dándole una sensación de plasticidad fuera de todo tiempo). Lo vemos al borde de un acantilado y después de ingerir una sustancia de aspecto indescriptible acaba sacrificándose saltando al vacío. Su cuerpo acaba desintegrándose en el agua a modo de simbología para dar a entender que sus moléculas darán paso a la vida tal y como la conocemos hoy.

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En esta escena inicial, de apenas unos pocos minutos, es donde se deja claro que la película poco o nada tiene que ver con lo que ya conocíamos o creíamos encontrarnos. Uno de los mayores errores con los que tuvo que enfrentarse la propia película es que fue vendida en todo momento como una precuela donde encontrarnos sustos, terror y monstruos de distinto pelaje. Nada más lejos de la auténtica realidad. Esa secuencia que podría considerarse casi auto conclusiva deja como precedente que ni es un reinicio ni es una parte más que mantenga relación. Es por así decirlo el inicio de una explicación, un prólogo que tan sólo está formado para poder magnificar el origen de todo (y aún así no sirve como punto cero pues lo que vemos no es el principio de la fundación). Las intenciones son claras: confiarle a todo el guión un enfoque mucho más serio y filosófico que terrorífico per se donde religión, creación, fantasía y ante todo veneración de civilizaciones partiendo todas desde un punto en común forman un todo.

Claro, aunque Ridley Scott haya querido apartarse de la saga original no puede evitar mantener ciertas constantes y ante todo ciertos elementos comunes para así poder entablar un punto de conexión entre este comienzo y todo lo que conocemos a día de hoy. De ahí se desprende que la forma de exponer la historia, la forma en cómo van adentrándose poco a poco en la propia cultura de los Ingenieros, de los cuales tan sólo conocíamos su icónica presencia a través la primera parte como los Space Jokeys, sirve para adentrarse en una cultura desconocida y que le da un enfoque a pachas entre la mitología, la religión y el conocimiento. El nuevo centro de atracción de esta entrega son estos seres de condición divina enormes e híper musculados, enfundados en escafandras a modo de protección y que se dieron cuenta que su creación, es decir, los humanos, acabó convirtiéndose en una especie destructiva tanto para su propio género como para todo con lo que contactaba. De ahí se desprende que construyeron un arma biológica tan mortal como eficaz y que servían como elementos de sacrificio. A poco que uno sigue la historia comprende que lo que conocemos actualmente como el xenomorfo fue una creación para destrucción. Pero en esta entrega poco o nada tiene que ver con el Alien original ni con su modus operandi.

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Una vez en el presente, en un futuro no muy lejano (aunque la paradoja es que representa que todo es anterior a “Alien, el octavo pasajero”) científicos y exploradores, liderados por Elizabeth Shaw, el personaje interpretado por Noomi Rapace y que intenta ser una especie de reboot o émulo de la Ellen Ripley de Sigourney Weaver sin llegar ni mucho menos a alcanzar la perfección de aquella, zarpan en busca de respuestas a las preguntas clásicas en el mundo de la ciencia: quienes somos, a donde vamos y de dónde venimos. Ya en estos primeros minutos la película deja claro que uno de los temas en los cuales se hará hincapié será el de creadores y creaciones, padres e hijos. Por un lado están los Ingenieros y sus criaturas y por otro está la relación paterno-filial en más de una ocasión. Incluso podemos verlo como una vuelta de tuerca desde un punto de vista mecánico orgánico. Tan sólo hay que ver la relación directa entre el personaje de Meredith Vickers (Charlize Theron) y Peter Weyland (Guy Pearce). Al igual que la relación de David (Michael Fassbender) con Elizabeth. Al igual que también se profundiza, haciendo una especie de sub apartado, entre el carácter “humano” de David, inquisidor y consciente de su sed de saber en yuxtaposición del carácter “mecánico” de Meredith, carente de estímulos y siendo autómata en sus decisiones. Una forma mucho más compleja de plasmar el poder de convertir las máquinas con inteligencia artificial en seres con dudas, preguntas, cuestiones morales y auto decisión por querer aprender.

“Prometheus” es mucho más filosófica, íntima, religiosa e incluso más dispersa de lo que puede parecer en un principio. Todo está orientado hacia la parte adulta y madura del quid de Alien: querer conocer la especie, querer hacer preguntas, querer conocer el origen de todo el tinglado. En todo su esplendor. Ya el comienzo deja claro que el ser humano siempre ha estado deseoso de entablar contacto con seres de otras dimensiones. De ahí que en este caso se lleve a la quinta esencia del propio tema. Intentar llegar al origen de todo para hallar respuestas a las preguntas más elementales. El guión orquestado entre Jon Spaihts y Damon Lindelof confiere a la película un aura de misticismo sofisticado high-tech enfocado en magnificar el poder divino de los Ingenieros y alejándose por completo del terror fácil y anclado en las constantes de la propia saga. Quizás ese ha sido el peor malentendido en sí y su propósito. Querer asociar indiscutiblemente la película a un begins obligatorio. Porque esas, desde luego, no son las intenciones inmediatas, ni mucho menos. Aquí se formula el filme con el propósito de ir a la parte psíquica, a la parte moral, a la parte existencial, a la parte menos expositiva y lúdica del producto. Se intenta despojar de espectáculo circense, de efectos especiales centrados en criaturas y monstruos y utilizarlos únicamente como un resultado de causa y efecto derivado del contacto entre humanos y extraterrestres. Va más allá. Los efectos especiales aquí tan sólo son meros comparsas.

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Ahí es donde imperiosamente radica la originalidad de “Prometheus”. Scott intenta por todos los medios huir de las referencias constantes y los homenajes a modo de guiños para el espectador. Sus intenciones van más allá del simple ABC de construcción. Su objetivo se centra en varias cuestiones como la religión, la fe, la naturaleza implícita en el ser humano el cual tan sólo sirve para destruir y eliminar. Uno de los momentos más interesantes al respecto es aquel donde encuentran la cabeza de uno de los Ingenieros. A través de ciencia avanzada logran devolverle a la vida por unos instantes emulando la posición de creerse dioses para luego acabar destruyendo todo lo que tocan como puede verse en las siguientes escenas. Es cierto que quizás el guión requiera de cierto pulimiento a la hora de darle mayor empaque o si acaso un poco más de enfoque pues uno de los aspectos más criticados fue que ofrecía más dudas y preguntas que respuestas, muchas más incongruencias que aciertos (y en parte hay cierta razón en ello). Visto de forma crítica la película es una especie de muñeca rusa la cual engloba en cada cápsula un pequeño micro cosmos. Lo más interesante es que por muy alocado que pueda parecer el resultado el director logra que pueda resultar como mínimo convincente dentro de un punto de vista narrativo y ante todo sin ofender a lo que ya conocemos pues su nueva propuesta confiere un batiburrillo de ideas, propuestas, idas de olla y alguna que otra flipada bastante interesante tanto en ejecución como en resultado.

Lógicamente, el que no esté centrada en el terror puro y duro no significa que no cuente con pequeñas ideas bien elegidas y que le dan el toque necesario para poder emplazarse dentro de lo que es la saga en sí misma. La propia ambientación una vez nos adentramos en el planeta de los Ingenieros consigue que el mundo del desaparecido H.R. Giger sea resucitado, una vez más, para que en su interior sucedan una serie de píldoras de un malsano gusto por la casquería junto con las escenas de impacto de rigor de las cuales la película va servida. Porque es un logro el poder conseguir crear un suspense bastante acorde con las intenciones implícitas y ofrecer momentos de puro sobresalto sin necesidad de la aparición del xenomorfo. Por citar varios ejemplos están las escenas de la cesárea, el gusano en el ojo, la deformidad de uno de los integrantes reconvertido en un monstruo, el encuentro con un ser con forma de serpiente entre otras.

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Son escenas que se granjean el recuerdo del espectador como muestra de nueva identidad. De ahí que el revienta pechos que hizo mella en toda una generación convirtiéndose en el icono de la saga deja paso, por derecho propio, al aborto extraterrestre en la máquina operativa logrando que la tensión seca y la exposición del terror estén en armonía con los fines y las constantes obligatorias de la propia saga. O el momento ocular en el cual uno de los integrantes descubre que está infectado consigue plasmar auténtica tensión y estupor ante lo desconocido. Al igual que el hombre deforme juega más en la liga de los monstruos clásicos donde el terror es mucho más directo y sin necesidad de un suspense centrado en lo subjetivo y la ambientación. Es cierto que este caso es un poco abrupto pero no desentona en ningún momento. Porque si queremos algo que pueda dejar constancia de la referencia a lo primigenio del propio monstruo ya tenemos la escena del hombre frente a la sanguijuela, matando una vez más la barrera de la prudencia en pos del miedo efectista. Los efectos especiales en todos y cada uno de estos momentos son de primera línea y jugando siempre con el contraste entre lo malsano y lo espeluznante. Al igual que el momento en el que el Ingeniero se enfrenta al resultado de la evolución de la criatura surgida de las entrañas de Shaw es un buen ejemplo de terror de serie B con medios.

Scott confiere a su nueva incursión en el universo que el concibió un diseño de producción mucho más elaborado demostrando interés por conseguir ir un paso más allá. El interior de la nave Prometheus es todo limpio, frío, aséptico, de tono blanco, calmo, de colores suaves pero despojados de cualquier sensación de humanidad concibiendo así una especie de relación entre la carencia de sentimientos de la robótica y la falta de estímulos de los propios humanos en contraste con el interior de la nave de los Ingenieros que es mucho más física, mucho más repujada, recargada, intencionadamente rebuscada y por lo pronto mucho más rústica, con cierto aire al universo del propio Lovercraft. Pero “Prometheus”, como película, intenta convencer de que a pesar de todo lo rocambolesco de su propuesta, a pesar de contar con algunas ideas fuera de lugar que no acaban de ensamblarse bien dentro de la propia historia (pequeñas fallas como el hecho de que un humano ante una especie desconocida y de aspecto atacante prefiera tocarlo en vez de huir, que no estén claras todas las dudas que puedan surgir a lo largo de lo que se va contemplando o que no haya un poco más de coherencia entre todo lo expuesto) no dejan de ser pequeñas minucias narrativas que si bien es cierto el guión merecía una relectura a la hora de darle un empaque mucho más coherente no son tropiezos o errores destructivos para la propia película pues tiene los valores cinematográficos necesarios para considerarla arriesgada, innovadora, fresca, mucho más madura de lo que pueda parecer en un principio y ante todo atractiva.

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Es el viaje iniciático hacia lo desconocido, con las miras puestas en varios aspectos como son la inquisición de la robótica con ganas de conocer y conquistar. Tan sólo hay que ver la referencia de David viendo “Lawrence de Arabia” para comprender que las ansias de Scott por conseguir la mayor epopeya espacial son pasto de émulos, de acercamientos, de dudas y de convencimientos por parte del director. Al igual que también se intuye el deseo humano de la inmortalidad por parte de Weyland, de poder alcanzar el estatus de divinidad al entablar contacto con los Ingenieros. Es interesante ver cómo éstos no pueden evitar la conciencia de que su creación, los hombres, tan sólo son animales irracionales que destruyen todo cuanto tocan. De ahí se desprende la resolutiva final de que los humanos no están preparados para conocer la verdad. Un ejercicio de estilo elegante y en ciertos puntos auto suficiente que si bien es cierto quiere ser independiente no puede evitar mantener relación con la obra de 1979 dejando una impronta final en forma de criatura rugiente, deudora en forma del xenomorfo primigenio para guardar acercamientos y parecidos. Una criatura surgida de las entrañas del terror, de lo visceral, lo fantástico y con ínfulas un punto pretenciosas pero elegantes para conquistar el fino terreno de entrega distinta con rebufo a precuela en ciernes (fortuita o intencionadamente).

Claqueta de bitácora

 


 

Título original: Prometheus

Director: Ridley Scott

Actores: Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Idris Elba, Guy Pearce, Logan Marshall-Green, Sean Harris, Rafe Spall, Emun Elliott, Benedict Wong, Kate Dickie, Patrick Wilson, Lucy Hutchinson, Giannina Facio

Guionista: Damon Lindelof, John Spaihts

Banda sonora: Marc Streitenfeld

Fotografía: Dariusz Wolski

País: Estados Unidos

Año: 2012

Género: Ciencia ficción. Aventuras. Suspense.

Productora: 20th Century Fox / Scott Free Productions / Dune Entertainment / Brandywine Productions

Sinopsis

Finales del siglo XXI. Un grupo de científicos y exploradores emprende un viaje espacial de más de dos años en la nave Prometheus a un remoto planeta recién descubierto, donde su capacidad física y mental será puesta a prueba. El objetivo de la misión es encontrar respuesta al mayor de los misterios: el origen de la vida en la Tierra.

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