CRITICA / Deadpool (Tim Miller, 2016). El antihéroe enamorado.

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El cine de superhéroes, de un tiempo a esta parte, ha acabado convirtiéndose en una especie de cadena de montaje prefabricada cuyos productos suelen acabar en un estado de parentesco cercano al auto reflejo. No es justo generalizar de esta forma a un género en sí mismo pues siempre hay excepciones, casos concretos que se salvan de acabar señalados o metidos en el mismo saco. Pero quienes sepan entender a lo que me refiero no es una ofensa cuando se destaca una obviedad o una verdad a ojos de casi todo espectador. Y una cosa no quita la otra. Puedo llegar a detectarlo y seguir consumiendo este tipo de películas. No es mi caso. El cine, a fin de cuentas, es puro entretenimiento. Vía d escape y lugar de encuentro de las aficiones que cada uno tenga a bien disfrutar. Pero no se puede negar ni pasar por alto que aunque cada día surjan innovaciones tecnológicas al servicio de un mayor espectáculo la sensación que dejan en mí es que pocos son los títulos que me ofrecen algo distinto o como mínimo algo que no me deje la sensación de haber sido víctima de un deja-vu.

Marvel Studios ha sabido conseguir el éxito, ha dado con la clave de la fórmula matemática del logro. No es que estuviera falta de crédito ni que fuera mendigando franquicias, al contrario. Si de algo anda nutrida es de un arsenal inabarcable que cada día, como las setas, va proliferando y convirtiéndose en la cuna, el caldo de cultivo y el epicentro de un mastodóntico macro universo al servicio del mayor espectáculo del mundo. Le felicito por ello. La cantera de superhéroes por antonomasia ha sabido fusionar esfuerzos y trabajo con la casa del ratón y el resultado no puede ser más productivo. De ahí que cada cierto tiempo vayan regenerando fases, vayan ampliando el repertorio y nuevos héroes de inabarcables poderes vayan formando parte de la familia. Pero hay que admitir que el cine de los héroes enmascarados, de cierto tiempo a esta parte, ha acabado enfundándose no sólo ya un traje en concreto sino unas constantes concretas. Una forma de narrar sus peripecias que sin ser crítico de monóculo calzado cualquiera con cierto camino recorrido puede reconocer.

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Llegados a este punto uno puede ver en “Deadpool” un punto y aparte, un alto en el camino y un ejemplo (entre comillas) a imitar. Sobre todo y ante todo por las formas y los embistes que otorga al darle una vuelta de tuerca a lo mismo pero desde una perspectiva mucho más socarrona, rebelde, mal hablada, deslenguada, agresiva, violenta, pasada de vueltas pero sobre todo sin importar nada ni nadie. Desde los títulos de crédito iniciales nos damos cuenta que estamos ante un precedente pero sin llegar a serlo al cien por cien. Me explicaré. La razón es muy sencilla. Y viene a colación por lo que he expuesto en los dos párrafos anteriores. El cine de superhéroes ha acabado en manos de infantilizar o convertir el acto violento que viene intrínseco en el personaje en material suavizado y apto para todos los públicos. Y si bien es cierto que, en su gran mayoría, el cómic mainstream da rienda suelta a la heroicidad un tanto primigenia en la lucha de poderes desde un punto de vista blando casi neutro el que aparezca un antihéroe como Deadpool el cual no duda en matar con saña, soltar improperios dignos de un patio de colegio de instituto y burradas que parecen obra de un youtuber en ciernes puede llegar a verse como el insigne caballero andante de armadura (compadre) que salvará al género de los héroes para llevarlos a una nueva dimensión. Y puede que en parte haya cierta verdad en el asunto.

Pero no nos engañemos, vayamos un poquito más lejos. Hagamos un viaje en el pasado, sin ir muy atrás. No hace falta. Títulos basados en el cómic de toda la vida ya tuvieron la categoría Rated R, fatídica para la taquilla pero de libertad creativa absoluta para los directores implicados. Me vienen a la mente casos como “El cuervo” de Alex Proyas (1994), “Watchmen” de Zack Snyder (2009), “Dredd” de Pete Travis (2012), “Kick-Ass” de Matthew Vaughn (2010) o “Kingsman: Servicio secreto” del mismo director (2015). Estas ya tuvieron dicha calificación. Películas serias, oscuras, híper violentas, desagradables en algunos momentos y sin escatimar en hemoglobina aparte de contener en ciertos casos discursos mucho más serios, oscuros, maduros, profundos y filosóficos que de costumbre. Incluso la versión noventera de las Tortugas Ninja eran pródigas en soltar palabrotas como cualquier inquilino de los bajos fondos. Pero lo que antes se veía como algo normal, como algo que no profanaba ni tan siquiera provocaba animadversión hacia el producto en sí ni su contenido poco a poco el propio cine y con él la moral del espectador ha ido envolviéndose de una capa fina pero palpable de hacerlo todo lo más políticamente correcto posible. Cada vez son menos las películas basadas en comic que arriesguen por despegarse o alejarse de la acción blanca y pura y acercarse (e incluso adentrarse) en el terreno de lo procaz.

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Es por esa razón que “Deadpool” se ha convertido en el punto y aparte de nuevo cuño, en el santo y seña a seguir si se quiere aprovechar los tiempos de poder excederse en los detalles, soltarse la melena y no escatimar en una vulgaridad zafia pero realmente adictiva para las grandes masas que ha resultado, ante todo, un soplo de aire fresco que el género en sí necesitaba. Porque ya que no vamos a ponernos serios (que ese es otro tema que ya empieza a pasar factura al género) como mínimo pongámonos juguetones. Y desde luego la película de Tim Miller lo hace y de una manera que encaja como un guante. Por la razón de que consigue varios objetivos: sorprender al espectador, convencer a la crítica pero también despojarse del encorsetado estilo narrativo. Como antes indicaba los títulos de crédito, basándose en una escena en concreto y jugando con la cámara fija para hacer un zoom a la inversa mientras los créditos juegan con el humor bufo desde la primera letra, demuestran que vamos a contemplar algo quizás no distinto pero sí extremo desde un punto de vista mucho más fiel al original. Añadiré además que las escenas de acción, sin ser novedosas, están rodadas con tino, brío y el pulso narrativo suficiente como para resultar atractivas (la escena de la autopista o la pelea final son claros ejemplos).

Otro de los puntos a favor con los que cuenta la nueva revolución del género es que juega conscientemente con todo elemento narrativo posible para hacer suyo el discurso que intenta exponer. Un discurso con más o menos acierto. Desde convertir al personaje en un ser consciente de lo que es en realidad hasta romper la cuarta pared de distintas formas posibles pasando por jugar con los flashbacks de una forma completamente acertada (el montaje en este aspecto es casi perfecto). La película logra reírse de sí misma y del propio Ryan Reynolds de una manera como pocas veces había llegado a ver pero también hay espacio para reírse de los X-Men como producto, como equipo y como personajes. Pero no sólo de ellos sino también de Green Lantern, uno de los mayores fracasos tanto de Reynolds como del cine en general. La película (y el personaje) incluso se permiten el lujo de carcajearse del género en particular sin pudor alguno como si de esta forma explotara ese pequeño disfraz de solemnidad con el cual el género cuenta últimamente despojándose de esa seriedad demasiado épica para zambullirse en una auto consciencia de que Deadpool no es un superhéroe sino alguien que ha adquirido poderes para su desgracia y que tan sólo decide utilizarlos para jugar con ventaja con ellos. Una de las formas más sutiles y a la vez más drásticas de desprenderse de la superioridad moral del producto en sí mismo.

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Partiendo de la base que no hay interés circunscrito en mostrar los orígenes del personaje sino que la película ya comienza empezada, el director inyecta una adrenalítica versión de la acción más violenta, fiera y sin escatimar en desmembramientos varios sabiendo en todo momento que al amparo de la calificación adulta cuenta con la vía libre para calzar cualquier cosa que se le venga a la cabeza y que case con el esperpento, el extremo y lo políticamente incorrecto. Aunado de un montaje que va hacia adelante y hacia atrás en la línea argumental el protagonista decide narrarnos, mirando a cámara y sabiendo que capta toda nuestra atención, las intenciones hacia el villano de turno y hacia la organización en sí que ha causado las secuelas en su rostro, en su carácter y en su forma de ser. Si por algo cuenta con mi atención es porque “Deadpool” se desprende de la seriedad auto impuesta por el género y decide tirar por caminos más trillados pero por ende mucho más diáfanos en lo que a exposición se refiere. Va al grano, no se pierde en dilemas morales más allá de los intrínsecos en el carácter del protagonista y recurre a un estilo deudor de las películas de cómics de los años 90 cuando las intenciones eran mucho más sencillas y se procuraba ejecutar un título individualista y sin pretensiones de convertirse en una saga de inabarcable numeración. Lógicamente los miedos infundados ante el riesgo del caudal de grosería, salida de tono y violencia desatada son fundamento ineludible para saber si esto termina aquí o hay vía libre para una continuación (cosa que sucederá a tenor del resultado impresionante en taquilla como del beneplácito por parte de público y crítica a partes iguales).

Claro, partimos de la base que la historia es simple y llanamente una película de venganza pura y dura donde el leitmotiv no es otro que acabar con los enemigos implícitos en la ecuación. Sabiendo eso de antemano no podemos esperar nada fuera de esas lindes ni nada que haga creer que vamos a contemplar un filme profundo, sesudo y meditado. Aquí el desenfreno es quien maneja el control y la ausencia de límites lo que da forma al fondo. Es sin lugar a dudas un ejercicio de estilo desprejuiciado, que no evoca ningún punto de cordura y que enfoca el objetivo en un personaje infantiloide que cuenta con el don de congraciarse con la mítica y conseguir el aplauso del espectador cómplice que acude a disfrutar con un comediante completamente amoral, sin control ninguno pero que expone, desde el fondo más primigenio, el romance más descerebrado y sentido en mucho tiempo porque a fin de cuentas esa venganza que funciona cual motor su engranaje está compuesto del amor incondicional (por extraño que parezca). Sea como fuere “Deadpool” es la parte oscura, libre, despreocupada y enajenada tanto de los X-Men en particular como de los superhéroes en general. También hay que sumarle el que los responsables del producto en cuestión hayan decidido apostar por no aflojar el tono badass, sin estar obligados a presentar el filme bajo una mirada apta para todo tipo de espectadores.

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Hay que contar también con la idea de que Deadpool, como personaje, fue muy maltratado en “X-Men orígenes: Lobezno” (Gavin Hood, 2009). Allí no era el deslenguado, bromista, violento y carente de moral que es en realidad. Pasar al superhéroe por el filtro de suavizar el producto fue, ante todo, una idea descabellada y falta de rigurosidad. De ahí que el público exigiese que se le volviese a dar una nueva oportunidad. Tim Miller se encargó de darle el respeto que merecía y con la exposición que requería. El resultado salta a la vista que es, como mínimo, el correcto bajo un diseño de producción que procura ser fiel al máximo sin perder ni la frescura del cine gamberro ni la idea de que aquí hay barra libre para el exceso más absoluto. Pero un personaje en sí mismo puede funcionar como icono pero quedarse en mera fachada. Hay que decir que Ryan Reynolds es un actor que acaba haciendo suyo todo lo que hace grande a Deadpool. A pesar de estar casi todo el metraje con la máscara puesta como ya sucediera con superhéroes anteriores (me viene a la mente el caso de “V de Vendetta”) el actor consigue inyectar la vitalidad y el carácter osado, despreocupado y desvergonzado que el antihéroe necesita. Una entrega absoluta que confirma su elección como un acierto garantizado. No sólo porque domina el lenguaje físico para plasmar la elasticidad cómica sino porque ofrece una gracilidad extrema llegando incluso a convertirse en un elemento anclado en el slapstick más atemporal.

Claro, no todo son puntos positivos. Hay que contar que si tenemos a un protagonista absoluto todo cuanto le rodea queda en minoría empezando por unos acompañantes que resultan desdibujados a pesar de estar expuestos como complemento cómplice (los dos X-Men que lo acompañan no pueden resultar menos atractivos). Al igual que el villano y sus esbirros no dan la talla siendo simples figuras que dejan una desidia absoluta cuando el héroe y la película necesitaba alguien con mucha más épica y presencia. También hay que indicar que el que cuente con un humor gamberro, una retahíla de palabras malsonantes y una verborrea cual metralleta inabarcable no significa que siempre sea acertado. Cuando hay un caudal sin freno de todo lo aquí expuesto hay la posibilidad (más que cierta) de que no todos los chistes y chascarrillos sean acertados o que todas las groserías vayan a ser divertidas por mucha mala leche que se le inyecte. La desmesura nunca ha sido buena acompañante aunque el espectador sea proclive a aceptarla. Y “Deadpool” se convierte en ese compañero gracioso de instituto que te divertías con sus ocurrencias pero cuando llevaba todo el día soltando bromas y cuchufletas acababa por ser un tanto rallante. No es que en Deadpool sea mala compañía pero es un tono tan excesivo desde cualquier prisma que a veces menos es más. Y reitero, no es necesario ser crítico exigente para darse cuenta de ello.

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“Deadpool” juega en la liga de la suerte del principiante. No significa que sea un mal producto. Logra su cometido que es simple y llanamente que nos congraciemos con sus salidas de madre. Pero hubiese sido mucho mejor algo más serio, brusco, más incisivo pero sin recurrir a un tono bufonesco sin control que lo único que consigue es conseguir la risa (enlatada) del público en la sala de cine pero que no siempre contiene la eternidad una vez escuchado el chiste varias veces seguidas en visionados posteriores. Eso depara un logro a la hora de demostrar que sí se puede salirse del encorsetado sistema del cine basado en cómic actual pero que necesita ser pulido o como mínimo revisado para hacerlo más uniforme y ante todo coherente en su conjunto. Porque el mero hecho de llevar una calificación R no le da la validez madura de ser la panacea como tanto intentan hacer creer. La película de Tim Miller sienta un precedente que se agradece como puñetazo en la mesa y que en sí acaba siendo un divertimento menor, interesante por el riesgo de su propuesta pero no creo que cuente con la fórmula mágica de conseguir mantener el aplauso y la veneración lograda dentro de unos años venideros. Espero equivocarme.

Claqueta de bitácora

 


 

Título original: Deadpool

Director: Tim Miller

Actores: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, Gina Carano, T.J. Miller, Rachel Sheen, Brianna Hildebrand, Paul Lazenby, Sean Quan, Ben Wilkinson, Naika Toussaint, Olesia Shewchuk, Kyle Cassie, Style Dayne, Fabiola Colmenero, Stan Lee

Guionista: Rhett Reese, Paul Wernick (Personajes: Rob Liefeld, Fabian Nicieza)

Banda sonora: Junkie XL

Fotografía: Ken Seng

País: Estados Unidos

Año: 2016

Género: Acción. Fantástico. Comedia. Cómic.

Productora: Marvel Enterprises / Marvel Studios / 20th Century Fox

Sinopsis

Basado en el anti-héroe menos convencional de la Marvel, Deadpool narra el origen de un ex-operativo de la fuerzas especiales llamado Wade Wilson, reconvertido a mercenario, y que tras ser sometido a un cruel experimento adquiere poderes de curación rápida, adoptando Wade entonces el alter ego de Deadpool. Armado con sus nuevas habilidades y un oscuro y retorcido sentido del humor, Deadpool intentará dar caza al hombre que casi destruye su vida.

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