Walt Disney presents… Como se hizo: “Blancanieves y los siete enanitos” (David Hand, 1937)

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Es curioso cómo cambian las cosas, las perspectivas y los puntos de vista. Es interesante ver como en 1937 nadie creía en el proyecto más allá del propio Walt Disney. Tal fue así que acabó convirtiéndose en “la locura de Disney”. Indicaban los más alarmistas que nadie podría aguantar el visionado de un largometraje animado ¡de colores brillantes! al igual que tampoco creían que nadie pudiera aguantar hora y media de animación cuando los espectadores estaban acostumbrados a cortos de apenas 6 minutos de duración. Incluso la prensa vaticinaba que “Blancanieves y los siete enanitos” sería un fracaso rotundo. Pero Walt era un hombre tozudo y decidido. Sabía que lo que tenía en mente era e iba a ser un éxito, algo sin igual (y por así decirlo sentaría un precedente sin comparación alguna). Tanto confiaba en este proyecto que fue en la película que más se implicó precisamente por ser el antes y el después de las películas animadas tal y como las conocemos hoy día. Sin ir más lejos “Blancanieves” (J. Searle Dawley, 1916) le impactó como ninguna otra y vistos unos fragmentos de esa película puede verse cómo ciertos escenarios y personajes son calcados a lo que vemos en la versión animada.

A pesar de estar hablando de mitad / finales de los años 30 vemos como Disney estaba interesado en captar el mayor realismo posible en el campo de la animación como pudiera ser el movimiento de los objetos (el ropaje, barbas, etc.) pero otro de los elementos con el que estaba obsesionado en conseguir el verismo era trasladar, con el mayor detalle posible, la suavidad de la ropa ante el movimiento natural. Ver como grababan las acciones físicas de las personas al igual de cómo se movía la ropa al son de las extremidades para poder plasmarlo en el dibujo animado es muy interesante porque había una implicación absoluta entre arte y animación. Uno de los métodos empleados para lograr captar ese alto nivel de detallismo y realidad era grabar primero la acción completa del actor para luego trasladarla al papel como el caso de la actriz que hacía de modelo para Blancanieves al igual que el modelo utilizado para los movimientos tanto anatómicos como físicos de los enanos. Una de las innovaciones que implantaron con la película era la creación del story board. Puede llegar a verse paneles completos con diseños y escenas completamente terminadas.

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Walt Disney quería el mayor realismo posible al igual que deseaba una película completamente homogénea, que nada sobrara o faltara, una película que tuviera coherencia narrativa de principio a fin. Tal fue el interés, ahínco y perfección exigida que se descartaron escenas completas y terminadas como aquella donde se puede ver a los enanos tomar la sopa que les ha preparado Blancanieves (con canción incluida) u otra donde los enanos construyen una cama para la princesa. La escena donde ella les canta a los enanos cómo sería su vida con el príncipe iba ser más larga e idílica plasmando a la pareja en el cielo, entre nubes, donde las estrellas, reconvertidas en arqueros, lanzarían sus flechas de amor. Se prefirió suprimir todo aquello a pesar de estar casi terminada a base de bocetos simplemente porque aquello iba a ser más un obstáculo que un acierto y Walt consideraba que el hilo conductor se vería resentido ante la fluidez del metraje.

Otro de los detalles interesantes del proceso meticuloso de la película es descubrir el por qué se decidió suprimir la participación del príncipe en la historia convirtiéndolo casi en un personaje terciario el cual aparece tan sólo en un par de escenas, una al principio en la escena del pozo y al final para el beso de amor verdadero. La razón es mucho más simple de lo que uno pueda imaginar y es porque el cuerpo masculino, según los propios animadores, es el más difícil de dibujar y los bocetos que habían surgido no estaban a la altura de Blancanieves siendo bastante pintorescos y muy alejados de la gracilidad requerida. De ahí que se prefiriera suprimir su presencia o dejarla al mínimo en comparación con Blancanieves o el resto de personajes. También es interesante ver el cambio radical que hay entre los primeros bocetos de la reina, mucho más fea y un tanto cartoon, hasta conseguir la belleza actual glamourosa, típica de los años Hollywoodienses de la época o los bocetos originales de Blancanieves que eran más cómicos (Betty Boop es el caso más influyente) hasta conseguir el resultado final donde sus rasgos son mucho más finos, mucho más elegantes y mucho más gráciles. La película iba a ser algo sin igual. Tanto que Walt Disney quería la mayor cantidad de dibujantes para su obra. Es impresionante ver la galería de dibujantes con los que contaba el proyecto pues se empezó con 100 pero debido al alto nivel de exigencia acabó contándose con un total de 300. Claro, la película se rodó en la época de la Gran Depresión y Disney era el único que daba trabajo a los artistas pues a diferencia de otros él sí creía en la animación como un arte y un trabajo digno y no como algo infantil y sin apenas validez. Lógicamente, por el contrario las exigencias implícitas en este proyecto  eran máximas a tenor del producto en cuestión y se ansiaba conseguir la perfección más absoluta posible en un campo que nunca había pasado de ser considerado como algo menor o secundario en comparación con el mundo del cine en general.

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Está claro que Disney era un perfeccionista consumado, de ahí que el montante de la producción se desorbitó (estamos hablando de cuatro años y medio de producción). Tanto es así que el futuro de la empresa estaba pendiente de un hilo y nadie auguraba lo mejor. Llegados a cierto punto el presupuesto se acabó y Walt tuvo que ir a pedir dinero al banco de América. La anécdota al respecto es muy buena: Disney hizo un pase privado a los directores del banco pero no de la película completa sino con bocetos, escenas por terminar, sin banda sonora y con el propio Walt cantando las canciones y  explicando lo que pasaba en cada momento como si de un cuenta cuentos se tratase, viviendo cada escena y cada momento como si estuviesen viendo la propia película en sí. Todo parecía perdido hasta que en el momento culminante uno de los inversionistas  le dijo a Disney que con esto, con Blancanieves, se haría de oro y extendió el cheque sin necesitar más explicaciones. Y aquella frase, a modo de previsión de futuro, se convirtió en una realidad mastodóntica. Como suele decirse el resto es historia pues el resultado para la propia película, a tenor de crítica y público, fue que acabó convirtiéndose en un referente y es considerado como el primer blockbuster de la historia. Es más, fue tal el éxito cosechado que fue el producto o título que sirvió de precedente o de influencia a la MGM para dar el visto bueno a otro de los clásicos de Hollywood: “El mago de Oz”.

Crítica de “Blancanieves y los siete enanitos” (David Hand, 1937). El prestigio animado.

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