CRITICA / La historia interminable (Wolfgang Pertersen, 1984). Fantasía no tiene fronteras.

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Qué pena que no me hayan preguntado a mi lo del nombre porque mi madre sí que sabía uno maravilloso” – Bastian Baltasar Bux (Barret Oliver).

 

En 1979 Michael Ende, uno de los auténticos artífices de la literatura infantil y juvenil y creador de auténticas joyas literarias que han acabado formando parte de la cultura popular, presentó al mundo “La historia interminable”. Aquel libro podría resumirse en una frase: la quintaesencia de la fantasía escrita. Tan sólo hay que zambullirse en su historia para comprender que el escritor deseaba concretar, concentrar y concebir la base y esencia en sí misma de un sinfín de temas pero siempre alrededor de la imaginación y lo que representaba para un niño y su mundo. Ende, con una narrativa minuciosa y trufada de personajes a cual más importante, supo plasmar, siempre a través de dos colores en la escritura (rojo y verde para representar el mundo de fantasía y el mundo real) hasta fusionar los dos en uno solo y donde el protagonista de la función, Bastian Baltasar Bux, un niño humano en un mundo que no le comprende, realiza, sin darse cuenta, un viaje iniciático a través de la lectura. Para ello cuenta con Atreyu, el guerrero, como si fuese su desdoblamiento en el mundo de la fantasía a través del espejo (grandísima referencia a “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll) para conseguir varios aspectos: descubrir que las personas, a medida que crecen, van acabando con el poder de la imaginación y lo que ésta consigue si se le dan alas. Lógicamente el mal de esa erradicación está expuesto a través de una figura abstracta llamada la Nada, un elemento tan real que abruma tanto por sus intenciones como por su resultado.

“La historia interminable”, como libro, se internaba, con filosofía y un análisis profundo de la psique humana, en ese concepto de que la realidad era una especie de resultado del viaje a través de la fantasía pura y dura. Algo que Ende supo exponer de forma sutil y sugerente pero sin dejar en ningún momento la fantasía primigenia a través de mundos, personajes y aventuras imaginarias que hicieron las delicias de generaciones enteras y que a lo largo del tiempo ha ido asentándose por derecho propio y razones más que contundentes como legado e icono de la literatura universal. Lo increíble del caso es que Ende fue un precursor de un mal acuciante que de unos años a esta parte se ha hecho patente: los niños, sin la necesidad de llegar a adultos, han ido perdiendo ese don innato que viene de base (y de serie) en todo infante que es ni más ni menos que imaginar, inventar historias, crear aventuras, disfrutar de poder dar vida a todo un interminable mundo de posibilidades que sólo la mente y la imaginación pueden llegar a concebir. Y lo más increíble es que la obra fue escrita en los albores de los 80, una de las décadas más fantásticas en lo que a fantasía se refiere. Tal fue el éxito cosechado, de forma merecida, con la obra en ciernes que cinco años después el mundo del cine fijó sus ojos en ella para trasladar el mundo de Fantasía a la gran pantalla con la intención de conquistar la taquilla (como así sucedió).

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Alemania del oeste se fusionó con América a la hora de producir una de las películas más caras de la época y bajo la distribución de Warner Bros. Pictures Hollywood depositó las riendas de la dirección en Wolfgang Petersen quien venía de cosechar premios y éxitos con “Das Boot, el submarino”, uno de los títulos de referencia en el género. Lógicamente la obra original era imposible de condensar en una sola película pero hablamos de unos tiempos donde la idea de hacer secuelas y trilogías era sólo era posible si las películas tenían éxito así que se decidió centrar el objetivo en la primera parte del libro, la que representa la destrucción paulatina de Fantasía y la necesidad de un héroe como Atreyu para salvarla mientras al otro lado, en el mundo real, Bastian, es un espectador pasivo (y activo a medida que avanza el metraje) y que a su vez se convierte en el narrador de la propia película. Lógicamente la obra original sufrió varios cambios importantes tanto en personajes, omisión de otros tantos, variaciones en ciertas resolutivas argumentales provocando que Michael Ende acabase despotricando de lo que habían hecho con su criatura. Hay que entender que estamos hablando de dos medios completamente opuestos (libro y cine) y que así como en el primero la imaginación del lector juega un papel fundamental en el segundo se está al servicio de lo que guionistas, director y el equipo del diseño de producción creen oportuno para conseguir una hegemonía visual dentro del lenguaje cinematográfico de la época y a su vez dentro de los cánones del propio género. En resumen, que lo que en un libro hay una infinidad de posibilidades en el cine hay que marcar un patrón a seguir. Aún así tal fue la frustración y rabia de Michael Ende que solicitó fuese retirado su nombre de los títulos de crédito como participación en la película. Sólo aparecería como autor del libro, nada más.

Dejando a un lado el tema de si el libro es mejor que la película (o viceversa), de si la traslación a la pantalla grande es fiel o de lo contrario el cabreo del escritor está más que fundamentado vamos a centrarnos en “La historia interminable” como película. Ríos de tinta han versado sobre ella desde el primer instante de su concepción y no son pocos los entendidos, críticos y fanáticos de la obra original quienes la han tildado de ser una de las piezas clave del género fantástico. Más aún, se la ha llegado a colocar entre uno de los títulos referentes en el cine infantil y familiar. No es de extrañar que por su formato, por su realización, por su contenido, su narrativa y ante todo por su desbordante caudal de fantasía fílmica se auto impusiera como una película imprescindible en la cultura popular y uno de los auténticos clásicos de generaciones que convirtieron la década de los 80 en todo un estilo de vida rebosante, ansioso por explorar, inocente e infantil casi rozando lo infantiloide a tenor de muchos títulos al respecto pero cuya sinceridad e inventiva acabaron por convertirse, a su vez, en registros de una época que marcó un antes y un después, una que se ha convertido en un referente en sí mismo.

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Claro, cuando uno se expone en una crítica o artículo a uno de los títulos que han formado parte de su infancia desde que tiene uso de razón es imposible obviar el aspecto de que es el factor nostalgia el que inconscientemente habla por él. Por otra parte dejar que sea ese apartado el que plasme en la letra todo el contenido le hace un feo tanto al producto en cuestión como a la propia redacción en sí por la razón de que se tiende a hablar únicamente de las sensaciones vividas en el momento de contemplarla y convertir la infancia en la voz del cinéfilo. No es justo ni correcto. Porque una película debe ser defendida siempre desde su valor cinematográfico, sea de la época que sea y mantener la niñez de cada uno en un segundo grado (incluso tercero), incluso no recurrir a ella como defensa o argumento. Porque una cosa son las sensaciones vividas en cierta época y que en cierta forma se convierten en la capa y espada de cualquier debate y conversación y otra muy distinta sean los valores por derecho propio que pueda contener la película por sí misma. Dejando este aspecto bien aclarado diré que la  película comienza como un pequeño drama. En apenas unos minutos nos damos cuenta que Bastian, el protagonista humano del filme, es un niño huérfano de madre a quien encuentra a faltar mientras su padre es un hombre absorto en su trabajo y que apenas dedica tiempo a su hijo. Más tarde descubrimos que es víctima de un incesante caso de  bulling. Esa carencia afectiva en el hogar y esa situación de sufrimiento en la escuela hacen que los mundos fantásticos que se inventa sean su vía de escape y su pequeño remanso de paz.

Tristemente, en un mundo hundido en el ajetreo de la vida diaria, donde el trabajo es el medio de subsistencia y la escuela el centro de formación para la rutina del adulto, la fantasía no tiene cabida ni razón de ser. Por así decirlo está muerta y enterrada. Es en el momento donde Bastian entra en la librería del señor Coreander y entabla contacto con el libro “La historia interminable” cuando automáticamente la imaginación va floreciendo, germinando hacia un auténtico rito de iniciación para que los dos mundos, el real y el imaginario, se conozcan y acaben fusionándose. Pero para llegar al resultado final hay que pasar por un viaje, una travesía donde el héroe simbólico de la función, Atreyu, debe encontrar la cura a la destrucción que aflige a Fantasía. La escena de la librería podría decirse que es el punto de inflexión donde Bastian, el humano, a través del Sr. Coreander, el dueño de la tienda, entra en contacto con Atreyu, la fantasía en su máximo esplendor. El librero, de aspecto rústico, es en sí mismo la simbología de la fuente inagotable de la fantasía propiamente dicha pues su negocio está basado en la literatura, pozo inabarcable de mundos inventados por el hombre para que la imaginación tenga razón de ser pero a su vez el causante de que Bastian tenga acceso al detonante de la creación de un mundo extinto. Sin ir más lejos uno de los diálogos que mantienen el niño y el hombre sirve como pretexto a lo que vamos a enfrentarnos una vez nos adentremos en la idiosincrasia del libro:

– Sr. Coreander: Escucha. Tus libros son inofensivos. Mientras los lees, puedes convertirte en Tarzan o en Robinson Crusoe.

– Bastian: ¡Claro que sí, por eso me gustan!

– C: Sí. Pero después de leerlos vuelves a ser niño otra vez.

– B: ¿Qué quiere decir eso?

– C: Escucha. ¿No te has convertido nunca en el Capitán Nemo atrapado en tu submarino mientras te atacaba un pulpo gigante?

– B: Sí.

– C: ¿Y no tenías miedo de no poder escapar?

– B: ¡Pero si es solo un cuento!

– C: Justamente a eso es a lo que me refiero. Los libros que tú lees… son solo cuentos.

– B: ¿Y ese no?

– C: Tú no lo entenderías. Olvídalo, jovencito. Este libro no es para ti.

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Con razón de ser al póster de la película lo acuñaron con un tagline que era ya de por sí una fidedigna declaración de intenciones: “Para cualquiera que haya soñado alguna vez“. Y desde luego “La historia interminable” es, ante todo, un sueño visto a través de los ojos de un público que estaba expectante por acudir a un tipo de cine al cual no se estaba acostumbrado. Tal era el caudal de fantasía implícita y explícita que ofrecía Wolfgang Petersen a través del guión a dos bandas entre él y Herman Weigel, que desde el mismo instante que Bastian empieza a leer, como si de un narrador de cuento de hadas se tratase, uno se siente automáticamente absorto y tele transportado a un lugar nuevo, completamente ajeno a la vida diaria. Hoy en día, con los efectos especiales digitales y un buen equipo detrás, pueden crearse universos lejanos y fantásticos pero la sensación de lo tangible, de lo cercano, de lo posible, es algo que es imposible de conseguir o substituir y la película es un éxito rotundo en ese aspecto. Nos encontramos rodeados de personajes entrañables donde animatrónica y maquillaje hacen el resto para que nos interese todo lo que les sucede, suframos con sus desgracias y disfrutemos sus logros. Es lo que se llama un diseño de producción casi perfecto.

Lógicamente 32 años desde 1984 son muchos, demasiados en según qué aspectos y apartados. En su momento estábamos ante una de las mayores superproducciones a las que se enfrentaba el mundo del cine pero lo que no se puede conseguir es que todo siga igual y lo que más se resiente en una película es el apartado visual. De ahí se desprende que no todas las animatrónicas empleadas han logrado superar el paso del tiempo al igual que ciertos cromas son inevitablemente cantosos en más de una ocasión. Pero fuera de ese aspecto, dejando a un lado que lo evidente no se puede esconder, “La historia interminable” fue, es y será un auténtico festival en lo que a criaturas fantásticas se refiere. Seres que acaban por convertirse en personajes imprescindibles dentro de la  narrativa. Mientras unos son meros secundarios como el caracol de carreras o el murciélago, donde se demuestra un logro absoluto y que no resultan chirriantes (sino acertados) otros acaban formando parte no sólo de la cultura cinematográfica propiamente dicha como es el caso de Fujur (Falcor en el libro) cuyo diseño, que siempre recordó a un perro con escamas, no empaña en absoluto la sensación de estar contemplando un personaje fiel a la esencia de su propia idiosincrasia. Su presentación, su interacción, su razón de ser y su autonomía le confieren el carácter necesario para ser un auténtico dragón de la suerte donde cualquiera que cabalgue a lomos de él sabrá comprender la razón de lo que significa la palabra fantasía e imaginación. Lo mismo sucede con Gmork, el servidor de la Nada, auténtico secuaz del mal y cuya presencia, fisonomía y actuación es un auténtico lujo tanto para la película como para la historia.

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Como ya sucediera con otros productos similares, los protagonistas de la película son los niños. Todo está expuesto a través de la mirada de ellos. Y no es para menos. La supervivencia de la propia Fantasía, como forma y fondo, como lugar y como razón de ser, se encuentra en la propia esencia de la infancia. De ahí que Bastian sea el narrador y observador, de ahí que la Emperatriz Infantil necesite la ayuda de un niño, el único que puede salvarla tanto a ella como al propio universo del cual ella es ama y señora. Al igual que Atreyu sea un guerrero pero un niño a fin de cuentas, alguien que tiene el ímpetu que la inocencia de los infantes otorga y no le cueste aceptar el reto de alcanzar las fronteras de lo imposible. Porque los adultos lo pensamos, lo meditamos y lo razonamos todo sin dejar entrar en la ecuación nada más. Esta es una de las razones por las cuales “La historia interminable” es un toque de atención a los mayores pero a su vez un canto de esperanza para los mismos. La obra literaria abarcaba muchos temas a tratar pero al concretar toda la historia en la primera mitad del libro la película se centró única y exclusivamente en dos aspectos: la pérdida de imaginación por parte de los adultos y el viaje a la aventura de los personajes para acabar fusionando ambas propuestas en una sola. En sí mismo todo versa sobre lo mismo: viajar es imaginar e imaginar es crear. Todo en uno. Lógicamente, concentrar un material tan profundo, maduro y largo en apenas hora y media de duración es un trabajo arduo. De ahí se desprende que todo lo superfluo, lo que está al servicio de la meditación, es dejado de lado para centrar la cámara en la aventura pura y dura.

Una vez todas las cartas están encima de la mesa y Atreyu cabalga sobre su caballo Artax mientras Gmork intenta darle caza para que no pueda cumplir con su cometido la película va a tiro hecho sin detenerse en tiempos muertos. Es más, el metraje funciona mucho mejor como colección de set pieces pues cada una de ellas es una pequeña pieza que forma un puzle completo envuelto en un manto de ternura y cercanía pocas veces conseguido. Sin ir más lejos tal es la calidad emocional de la película que acabaría convirtiéndose en un referente absoluto en ese aspecto. Tristemente tuvo dos secuelas más, a cual más nefasta aunque la segunda era bastante fiel al libro. Eso ayudó a que la primera parte alcanzase el estatus de título de culto por razones obvias. En cuanto a los actores contratados todos eran jóvenes promesas que tomaron caminos distintos sin que ninguno de ellos proliferase en el cine. Se contó con Barret Oliver para Bastian, Noah Hathaway como Atreyu y Tami Stronach como la Emperatriz Infantil. Si bien es cierto no eran actores consagrados y hay momentos donde quizás se encuentran un poco encorsetados en sus roles en más de una ocasión es imposible obviar que acabaron convirtiendo a sus respectivos personajes en iconos como sucedió con Atreyu o la Emperatriz Infantil. Véase la escena final donde comparten los momentos más a flor de piel emocionalmente hablando, el del primero frente a Morla o en el cara a cara contra Gmork. De ahí que momentos como el del pantano de la tristeza donde el caballo Artax va hundiéndose poco a poco ante la sensación de profunda desolación mientras su dueño y amigo lucha con todas sus fuerzas por salvarlo de una muerte segura (“Yo no me rindo, ¿lo ves?. ¡No te rindas tú!”), la aparición paulatina de Gmork entre la maleza o la triste realidad al descubrir Atreyu que las fronteras de Fantasía están demasiado lejos entre otros son tan sólo perlas de un collar muy definido.

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Muchas fueron las voces críticas que atizaron a “La historia interminable” como un filme tosco, poco acertado y que no ha envejecido demasiado bien. Tristemente es quedarse sólo en el envoltorio, en las tapas de la obra. Es innegable que sólo los cineastas consagrados no necesitaban de artificios y sólo a través de la narrativa pura conseguían imponer e imperar con sus películas historias universales y atemporales. Pero cuando una obra necesita de la forma, en todo sentido, para que la narrativa fluya es imposible conseguir que todo funcione a la perfección en el diseño de producción propiamente dicho si uno se pone crítico exigente. Sea como fuere, dejando todo el apartado técnico a un lado podemos empezar a profundizar en muchos matices, mensajes y simbología que propiamente dicho dan como cómputo la esencia de lo que representa el mero hecho de crear y defenderlo para que no desaparezca ante cualquier amenaza, en este caso la rutina de los adultos que van erradicando la posibilidad de imaginar, de crear fantásticos mundos, de soñar despiertos y dar rienda suelta a lo onírico. Para empezar la película empieza con un viaje en busca de la cura al problema de base. Ese trayecto sirve para que una galería de personajes, situaciones y problemas den como resultado un auténtico tour de force que llegados al clímax tengamos que enfrentarnos a la decisión final: seguir con los pies en el suelo, seguir siendo humanos anclados a la rutina y la desidia o de lo contrario dejar volar la imaginación para que la fantasía propiamente dicha esté a salvo de su propia extinción.

Como suele suceder cada personaje acaba representando simbólicamente un elemento clave de nuestro mundo real. Nos encontramos con Fujur, el dragón de la suerte, que personifica la magia del mundo onírico. De ahí que vuele, logre lo imposible, aparezca cual elemento pseudo divino en el cielo al rescate de Atreyu y sirva como conciencia de éste para hacer lo bueno en un mundo de oscuridad. También nos encontramos con Morla, la vetusta tortuga que a modo de la vejez del hombre se ofrece a su vez como la voz del adulto que no concibe la posibilidad de que un mundo fantástico tenga razón de ser. Es la realidad que frustra cualquier opción de oportunidad y esperanza. Todo cuanto rodea su mundo es oscuro, triste, pantanoso, sin ápice de color y luz. La ambientación es perfecta al igual que el diseño del personaje, concebida como un apagado, enajenado y frustrado quelonio que ha olvidado por completo lo que es soñar y cuya forma de ser y entender la vida es todo triste y realista al mismo tiempo, esperando que la muerte llegue para dejar de existir. Por último pero no menos importante está Gmork, el servidor de la Nada, el símbolo del mundo real que está dispuesto a sacrificar todo cuanto pueda incluso aceptando la posibilidad de morir por la causa de destrucción. Es la personificación del mal propiamente dicho. De ahí que esté representado como una auténtica bestia salvaje, un lobo de enormes fauces que no se detendrá ante nada ni ante nadie por tal de conseguir dar caza y muerte al posible salvador de Fantasía. Su presencia en la película es furtiva, entre las sombras, siendo más una amenaza propiamente dicha que una figura constante. Tan sólo en los minutos finales aparecerá en todo su esplendor simplemente para enfrentarse a Atreyu, su digno oponente y enemigo.

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El speech final de Gmork donde vomita toda su rabia y todo su odio hacia el propio mundo que le rodea es tan real que abruma y asusta por la sencilla razón de que podría extrapolarse a cualquier discurso totalitario. “Las personas que no tienen esperanza son fáciles de dominar y quien tiene el dominio tiene el poder” es, quizás, una declaración de intenciones tan impactante que sólo la frase de Atreyu, “Si de todas maneras vamos a morir prefiero morir luchando. ¡Ven por mí, Gmork. Yo soy Atreyu!”, sirve como respuesta a un ataque tan impresionante: pasar de un discurso bélico a una aventura física en toda su expresión. Hay que añadir que la ambientación de toda esta secuencia  es perfecta. Y lo mismo puede decirse de la torre de marfil como símbolo de la pureza absoluta, habitada por la Emperatriz Infantil, líder de los sueños y posibilidades que dan los mismos. Lo más impresionante del personaje, cuya fisonomía es pura gracilidad, elegancia y fragilidad al mismo tiempo es ese momento donde en un arrebato de desesperación, demostrando a su vez la calidad actoral de la actriz para el drama, rompe la cuarta pared, mira fijamente a cámara, captando la atención tanto de Bastian como del propio espectador pidiendo ayuda a ambas partes pues son las dos partes importantes y los únicos que pueden salvar su mundo a través de la imaginación, la única que concibe vida a Fantasía como lugar y como razón de ser.

Claro, nada de esto tendría el mismo efecto si no fuese por la banda sonora a cargo de Klaus Doldinger y Giorgio Moroder que confiere el tono necesario para conseguir la sensación requerida. Cada una de las piezas musicales es fundamental para dotar a cada escena de vida propia. Merece mención especial cuando se presenta en todo su esplendor la Torre de Marfil / La Emperatriz Infantil (muy épica), los momentos de incertidumbre de Bastian – Atreyu mirándose fijamente frente al espejo (notas muy distantes pero realmente sobrecogedoras), cada instante donde Gmork hace acto de presencia (una BSO realmente terrorífica) o el momento donde Atreyu y Fujur viajan hasta las fronteras de Fantasía (muy rítmica siendo acorde con el ritmo de la escena) son ejemplos de un trabajo meticuloso y con un sentido de la melodía fantástica en todo su esplendor. Pero no puedo olvidarme del tema principal, “The neverending history”, interpretado por Limahl. Aún a día de hoy sigue funcionando a la perfección y que se convirtió en un tema de culto musical generacional como representación de la fantasía en todo su esplendor. Está claro que toda la forma en la cual se encuentra “La historia interminable” es un entrañable, rústico y un puntito demodé ejercicio de estilo deudor de los cuentos clásicos al servicio de una empática sensación de contemplar una fábula impresionante que embelesa y cautiva a partes iguales.

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Como fondo, como poso y moraleja podemos concluir con el mensaje de que la fantasía requiere esfuerzo e imaginación sin que nada se dé por sentado. En la transición de niño a adulto de cualquier persona hace que muchas veces tengamos que dejar y abandonar ese mundo infantil para que la realidad guíe nuestra vida. Es por esa razón que la esencia de la propia película contenga un idealismo y un mensaje esperanzador que funciona cual reloj suizo más de 30 años después. Una vez nos adentramos en Fantasía, la cual “no tiene fronteras” y no requiere de límites, simbolizada por el Auryn, un amuleto con forma de  dos serpientes entrelazadas sin principio ni final, no necesita barreras ni nada que la frene. Sólo en el momento donde el espejo, en el cual se reflejan los dos bandos, es traspasado por las dos representaciones (humana y fantástica) hacen que realidad y onirismo vayan a lomos de un dragón de la suerte para que la vida diaria sea un mundo más fácil de habitar. Porque en las manos de un niño está la salvación de Fantasía. Es posible (siempre con la duda razonable) que “La historia interminable” no sea una obra maestra por motivos y razones bastante concretos pero como representación de un macro universo al servicio de la imaginación que sólo la infancia posee es más que perfecta. Sin lugar a dudas sirve como botón de muestra de lo que un género puede ofrecer cuando el arte y la narrativa se fusionan. Título imprescindible que por muchos años que pasen nada la hará tambalear confiriéndole el beneplácito de contener la esencia de algo que no necesita artificios: soñar.

Claqueta de bitácora


 

 

Título original: Die unendliche Geschichte (The Neverending Story)

Director: Wolfgang Petersen

Actores:  Barret Oliver, Noah Hathaway, Moses Gunn, Tami Stronach, Patricia Hayes, Sydney Bromley, Thomas Hill, Deep Roy

Guionista: Wolfgang Petersen, Herman Weigel (Novela: Michael Ende)

 

Banda sonora: Giorgio Moroder, Klaus Doldinger

Fotografía: Jost Vacano

País: Alemania del Oeste (RFA)

Año: 1984

Género: Fantasía. Aventuras. Infantil.

Productora: Coproduccion Alemania del Oeste-EEUU; Neue Constantin Film / Bavaria Studios / Westdeutscher Rundfunk (WDR)

Sinopsis

Escondido en el desván de su colegio, Bastian devora durante las horas de clase un libro enigmático, ”La historia interminable”, que relata la paulatina destrucción del Reino de Fantasía. Una especie de ”Nada” misteriosa destruye el país y a las criaturas que lo habitan. A medida que avanza en la lectura, Bastian se da cuenta de que la salvación de Fantasía depende de él; de que consiga entrar dentro del libro…

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