CRITICA / Bambi (David Hand, 1942). La naturaleza en todo su esplendor.

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Clásico nº 5 (contiene spoilers)

 

Tristemente hay joyas de la animación que ven la luz en el momento menos oportuno. Este es el caso de Bambi. La Segunda Guerra Mundial, lógicamente, anuló por completo todo lo que tuviera que ver con el espectáculo (aunque éste se convirtiera en una vía de escape al drama causado por la guerra). A pesar de que “Dumbo” fue un éxito, pues dobló el presupuesto en la recaudación, no fue el éxito que se esperaba de una producción Disney. El siguiente título, por desgracia, tampoco iba a poder ser el taquillazo que se esperaba de él. Y no era para menos pues el mundo estaba en plena guerra y habían cosas mucho más serias e importantes en las que pensar. Aún así el tiempo es sabio y ha acabado colocando la película del cervatillo entrañable en el lugar que sólo pueden ocupar las grandes obras maestras del séptimo arte. Se decidió contar de nuevo con la dirección de David Hand quien ya estuvo detrás de “Blancanieves y los siete enanitos”, el éxito arrollador de todos los clásicos que había presentado la compañía hasta la fecha. Sin ir más lejos “Bambi” iba a ser el siguiente proyecto después de Blancanieves pero por una serie de razones siempre fue posponiéndose su realización. Tuvieron que pasar varios años, un total de cinco, hasta que por fin se diese el pistoletazo de salida a su producción. Pero todo lo que fueron aprendiendo tanto con los cortos clásicos como con los largometrajes previos sirvió para dar rienda suelta, una vez más, a la perfección que habían logrado los artistas y dibujantes y que demostraban porqué eran los mejores en ese momento.

 Adaptación del cuento “Bambi, una vida en el bosque” (Felix Salten, 1923) pero que, como suele suceder en la mayoría de guiones adaptados, sufrió infinidad de variaciones y cambios pues el protagonista pasó de ser un corzo a un ciervo y los parajes dejaron de ser europeos para convertirlos en norteamericanos. También se decidió eliminar ciertos personajes, situaciones y circunstancias para darle mayor énfasis a los secundarios, creados expresamente para la película y que en el libro no aparecen como es el caso de Tambor o Flor, iconos en sí mismo de la factoría y cuya presencia en la película es casi constante (más en el conejo que en la mofeta) para conseguir ese el contraste de caracteres tan acertado. Pero dejando a un lado las diferencias creativas se puede decir que “Bambi” es, por encima de todo, un canto a la naturaleza, una perfecta representación animada del vital ciclo de la vida pues empieza y acaba de la misma forma: el nacimiento de una generación porque aquí, durante todo el metraje, el narrador es la vida de la flora y fauna, con Bambi como protagonista e hilo conductor de todo lo que acontece en el interior del bosque. Es un episodio existencial en estado puro. Tan sólo hay que contemplar con ojos curiosos para ver que la vida, la muerte, la infancia, adolescencia, madurez y reproducción van de la mano en perfecta sincronía pero ante todo sin prisa alguna.

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Una de las razones del porqué la película es tan creíble (y tan especial) a la hora de plasmar la realidad de la naturaleza es gracias al arduo trabajo de Tyrus Wong. Su perfección técnica en el trazo y sus minuciosos diseños a la hora de recrear los fondos del bosque son tan sublimes, tan impresionantes, que se acaban convirtiendo en un personaje más de la historia. Desde el mismo instante que los títulos de crédito iniciales desaparecen para dejar entrar en escena el bosque en todo su esplendor, en toda su profundidad, nos damos cuenta que son una obra de arte en sí misma. Los árboles, el follaje, la frondosidad de la vegetación, la luz atravesando las hojas, el agua del río, la mimetización de los personajes con el entorno, todo cuanto vemos desprende artesanía al cien por cien. No hay ni un sólo fondo que no sea un cuadro viviente. Es tal la calidad (y cantidad) de los detalles que alcanza cuotas en el campo de la animación inimitables a día de hoy. Es la plasmación inequívoca de que se necesita un don especial y que sólo poseen los más privilegiados. Entrar en este bosque es deleitarse con cada detalle y con cada pequeño elemento que forma un todo completo dentro de un microcosmos.

Empezaría citando la introducción en el bosque donde la cámara nos guía y nos lleva para ver que cada fondo y cada elemento tienen vida propia, narrado con el mismo lenguaje que utilizan en los documentales. Merece ser destacada la escena del incendio donde el fuego cobra vida, es amenazante, es agresivo, es un monstruo en sí mismo, un devorador implacable que lo convierte todo en un auténtico infierno (la paleta de colores cobra intensidad de una forma pocas veces vista). Porque otro de los elementos que juega un papel crucial a la hora de hacer realidad “Bambi” es la paleta de colores. Así como en cada película la amalgama de tonalidades cobra un sentido implícito aquí se recurre a los tonos naturales donde el marrón, el verde y el blanco son realzados y empleados de forma muy concreta para darle la veracidad necesaria a todos los elementos expuestos pero también cada estación es plasmada con su color propio. Aún así sería ingrato dejarme un elemento importante: la luz. El interior del bosque tiene una luminosidad casi de cuento de hadas, la neblina es perfecta en el momento de la pradera donde la tensión es más que patente, la ausencia de luz en el invierno con la ventisca y la nieve como elementos fríos y ausentes de vida y calor confieren a los personajes un tono sombrío, gris, como si fuesen siluetas indefinidas. En cambio tenemos el momento de la primavera donde la luminosidad es mucho más enfática, dándole al amor un tono más vivo (y necesario) que magnifica el resurgir de la vida en sí misma. Tampoco puedo dejar pasar la escena romántica nocturna donde la iluminación calmada y el viento se fusionan perfectamente convirtiendo a los dos enamorados en un todo para conseguir la efusividad y el furor en toda su expresión.

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Dejando a un lado su calidad cinematográfica y artística también cuenta con una galería de personajes entrañables pudiéndose considerar un logro en toda regla. Conseguir animales que actúen como tales sin necesidad de recurrir al antropomorfismo (como ya sucediera en casos como Pepito Grillo o Timoteo por citar dos casos claros) es un reto conseguido. Los animadores logran que todos los personajes se muevan con auténtica naturalidad de movimientos. Por un lado tenemos los que son el eje clave de la historia (principales) y los que forman parte de la historia (secundarios). Los primeros serían Bambi, Tambor, Flor, el señor Búho, la madre, Felina, varios animales que interactúan y van paseando por la historia convirtiéndose en meros secundarios mientras que por último estarían los animales terciarios que simplemente están para dar vida a lo que se denominaría la fauna intrínseca de un bosque. Animales que no hablan, que no son necesarios para la fluidez de la película pero que sí lo son para formar un todo.

Para entender a qué me refiero con esos animales en apariencia insignificantes pero que demuestran la calidad en el campo de la animación de “Bambi” tenemos uno de los casos que para mi opinión es un icono en sí mismo. En el momento previo de la lluvia aparece en escena un pequeño ratoncillo que se lava con una simple gota de agua y que cuando rompe a llover intenta escapar del aguacero ocultándose en la cola de un faisán para poder llegar a su madriguera. Es tal el nivel de naturalidad y realismo envuelto de sensible exposición que toda esa escena se convierte en una pequeña gran joya de la maestría de los dibujantes de Disney que consiguen dotar a un dibujo de una realidad palpable, creíble y atemporal. Muchos de los diseños vistos aquí ya procedían de casos como “Blancanieves y los siete enanitos” o cortos como “El patito feo” o “El viejo molino”. Es más, el propio episodio de la tormenta es casi idéntico tanto en forma como en fondo al corto de “El viejo molino” (Wilfred Jackson, Graham Heid, 1937), donde la iluminación, la banda sonora, la cámara, los movimientos y los diseños son casi idénticos. Al igual que uno de los patitos es muy parecido al del corto ganador del Óscar “El patito feo” (Jack Cutting, 1939).

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Está claro que la película si por algo gana la atención, admiración y veneración del público desde el día del estreno hasta hoy es la perfección absoluta de los movimientos de los protagonistas. Es impresionante el caudal de detallismo que hay en el personaje de Bambi. Es emocionante ver como la naturaleza consigue convertirse en un personaje animado. Dotándole de unos ojos más grandes que de costumbre para que con la mirada transmita un sinfín de sensaciones y emociones, el personaje consigue la naturalidad necesaria para convertirse en una auténtica proeza visual. Como era costumbre en Disney se decidió que fuese acompañado de compañeros de aventuras a modo de secundarios como son el caso de Tambor, un conejo hiperactivo (acorde con el carácter del animal), que no filtra lo que piensa y de Flor, la mofeta, con un carácter más almibarado y mimético que del resto de secundarios. Son personajes muy marcados y acentuados, de diseño muy blando y de fácil aceptación que consiguen su propósito al instante. Toda la primera parte sirve para que Bambi y Tambor interactúen y consigan lazos de amistad con escenas muy bonitas y emotivas como el descubrimiento del interior del bosque o el día de patinaje, todo un prodigio de la animación donde música y movimiento van a una en un todo perfecto convirtiéndose casi en un Silly Symphonies en sí mismo. Pero a medida que avanza la historia y entramos en el último tercio, dejando a un lado el episodio más cómico como es el del enamoramiento, cada personaje secundario tomará su propio camino y desaparecerán de escena para centrarse única y exclusivamente en Bambi y Felina, los auténticos protagonistas.

Walt Disney sabía cómo jugar con las emociones. Era un maestro al respecto. Sabía que no podía dar siempre azúcar (aunque fuese el ingrediente vital en sus películas) sino que también era necesario dar crudeza y tristeza a partes iguales. Puede decirse que por derecho propio “Bambi” es uno de los casos donde se encuentra uno de los momentos más insoportables de digerir del séptimo arte. Estamos hablando del fatídico episodio donde la madre de Bambi muere que supuso una bomba emocionalmente desgarradora. No sólo por su impacto generacional sino porque constituye eliminar de forma impactante un personaje imprescindible en la vida del protagonista, no sólo es el fondo de la cuestión sino también la forma. En este caso la situación lo es todo. En pleno invierno contemplamos como Bambi y su madre no tienen nada que comer (los árboles pelados dan fe de ello). Aguardados en su madriguera tan sólo pueden dormir para intentar evitar el hambre. Cuando logran descubrir algo de comida la música y la ambientación juegan un punto fuerte. Todo se torna brusco, Bambi corre y en modo subjetivo, fuera de campo, tan sólo oímos un tiro. En ese momento sabemos que la madre nunca volverá. Los gritos del cervatillo buscando a su madre son tan tristes que la impotencia ante la situación es muy fuerte. Luego todo se magnifica con la nieve fría, la soledad, la opacidad de la iluminación y con la sensación de desamparo muy bien expuesto. La guinda del pastel la pone la presencia imponente del Príncipe del bosque el cual le abre los ojos a Bambi para decirle que está solo y que deberá valerse por sí mismo. En apenas cinco minutos la realidad ha engullido la fantástica sensación de ensoñación que llevaba la película para darnos cuenta que la vida no siempre es de color de rosa y que en ella encontraremos todo tipo de tropiezos y baches.

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Otro detalle interesante y que le da a la película un tono realista es que todo está expuesto desde el punto de vista de los animales. El hombre nunca aparece en pantalla pero es una constante amenaza para la existencia de los personajes. Siempre se notará su presencia a través de la banda sonora la cual es agresiva, siniestra y muy tétrica (algo similar a lo que haría muchos años después John Williams con la partitura de “Tiburón”). Nos damos cuenta de su llegada a través de la mirada de los animales, los cuales huyen despavoridos. Los disparos, de forma subjetiva, son los que demuestran que el hombre es un ser destructivo. Cierto es que el cazador no siempre caza por placer (y más en la época que se supone representa la historia) pero Walt Disney quiere enfatizar la idea de que en este caso los villanos de la función somos nosotros. Tan sólo hay que ver que los perros son presentados como fieras sin escrúpulos, animales que causan dolor, muerte y su fisonomía facial no está tan trabajada. Podría incluso verse como una especie de influencia para Martin Rosen, creador de dos obras maestras de la animación para adultos como son “Orejas largas (La colina de Watership) (1978)” o “The plague dogs” (1982). “Bambi” expone como la vida de un animal siempre está al amparo de cualquier peligro o ataque ya sea de parte del hombre, de un elemento natural como el fuego antes citado en el último tercio o desde la propia especie en el instante donde Bambi tendrá que enfrentarse a un congénere suyo en el episodio del cortejo (la iluminación y la banda sonora al respecto son perfectas).

Huelga decir que la película, para mimetizarse con las intenciones propuestas de plasmar la naturaleza en todo su esplendor, es uno de los casos donde hay muy pocos diálogos y casi la gran mayoría sirven como narración o explicación de lo que sucede, lo que va a suceder o lo que hay que hacer. Es la ausencia de conversaciones lo que hace que “Bambi” sea un tour de force visual casi sin precedentes en lo que a narrativa se refiere pues hasta la fecha tan sólo los cortos Disney habían sido los exponentes de tal ejercicio de estilo y aún así no contenían tanta fuerza visual en la exposición, narración y dirección, quizás el corto “El viejo molino” antes citado era un preludio o una carta de presentación de lo que se llegaría a conseguir con esta película. Tristemente, como comentaba al principio, “Bambi”, otra pieza clave en la factoría Disney, no cosechó el éxito necesario y merecido. Tan sólo con el transcurso del tiempo acabó cosechando las mieles del éxito, convirtiéndose en un clásico de culto y consiguiendo que generación tras generación quedara prendada de la calidad tanto en forma como en fondo de este cuento atemporal. Su guión sencillo pero no simple y sus personajes afables y eternos forman parte ya de la historia de Disney y que servirían de inspiración y modelo a seguir no sólo dentro de la propia empresa (sin ir más lejos “El rey león” utilizaría elementos cruciales para ciertos episodios y para la historia en general) como de otros artistas del medio como el propio Don Bluth, el cual en varias de sus películas recurriría a la narrativa peculiar y la crudeza a la hora de exponer las desgracias de los personajes para darle un corte épico funesto a sus películas. “Bambi” es, por derecho propio, uno de los claros ejemplos de lo que la perfección y calidad cinematográfica requiere para convertirse en todo un clásico por antonomasia.

Claqueta de bitácora

Como se hizo Bambi.


 

Título original: Bambi

Director:  David Hand

Actores:  Animación

Guionistas: Larry Morey (Historia: Félix Salten)

Banda sonora: Edward Plumb, Frank Churchill

Fotografía: Animación

País: Estados Unidos

Año: 1942

Género: Animación. Drama.

Productora: Walt Disney

Sinopsis

Con los primeros rayos del sol iluminando la pradera, un nuevo príncipe ha nacido en el bosque. Tan pronto como Bambi aprende a dar sus primeros pasos, comienza a jugar con sus nuevos amigos, Tambor, el conejo juguetón, y Flor, la tímida y adorable mofeta. Pero la diversión de patinar sobre el lago helado, de mordisquear las florecillas y de juguetear entre los árboles del bosque será sólo el principio de un largo aprendizaje. Guiado por su sabio amigo el Búho, Bambi aprenderá lecciones sobre el valor del amor, la pérdida de los seres queridos, la madurez; en definitiva, aprenderá a seguir el camino de la vida.

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