CRITICA / El mito de Bourne (Paul Greengrass, 2004). Transformación letal

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Seamos francos, nadie podía imaginarse ni por asomo que “El caso Bourne” (Doug Liman, 2002) acabaría convirtiéndose en un éxito de taquilla tan descomunal. Nadie estaba preparado para un producto de tal calibre. Era lógico, pues, que la secuela no se hiciese esperar. Dos años después, con el recuerdo de haber contemplado algo distinto (y adictivo), el correcto y eficaz Doug Liman fue sustituido por el siempre efectista y drástico en su forma de dirigir Paul Greengrass. Si la primera entrega jugaba con la ambientación de los thrillers europeos de la década de los 70, “El mito de Bourne” va por los caminos del cine de espías más maduro, con un entramado más enrevesado pero con una acción mucho más adrenalítica y cargada de excesos, con la tan concurrida “cámara al hombro” que consigue darle ese enfoque más visceral, más vivo y mucho más realista aunque pueda ser tachada de mareante. En este caso se despoja a Bourne del romance original para ir solo contra todos dentro de un thriller de acción puro y duro. Acusado de un asesinato que no ha cometido se le obliga a volver de su anonimato para intentar lavar su nombre y a su vez intentar recuperar la memoria y así saber quién es en realidad.

A pesar de volverse a rodar en ciertos lugares de Europa como Berlín, Nápoles y Moscú para así seguir con el tono frío y serio de la primera parte también se rueda en la India para conseguir una ambientación más exótica. Con una trama un poco más  confusa y haciéndola un poco más difícil de comprender, uno se da cuenta que el galimatías de ciertas partes del guión amplía y magnifica la parte oscura y sucia de los agentes letales que, al servicio de órdenes directas, no dudan en cometer asesinatos en nombre de un país. Para esta ocasión se cuenta con nuevos personajes como el caso de Joan Allen como la subdirectora de la CIA, Pamela Landy, quien intentará profundizar en el personaje de Bourne para descubrir que no todo es tan blanco o negro como lo pintan. Como suele suceder en este tipo de productos, Greengrass apuesta por un estilo y ritmo dinámico, confiriéndole una intensidad constante que se convierte en un ejercicio de estilo efectista y reconocible. En esta segunda parte el protagonista cuenta con un tono mucho más seco, serio y frío consiguiendo ser un personaje mucho más letal.

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Lógicamente, una vez más, si por algo priman las tres primeras entregas de la saga es por contar con insuperables escenas de acción. Así como en la primera parte eran contundentes y elegantes aquí se prefiere contar con una puesta en escena mucho más seca, más brusca, más violenta y por ende mucho más adrenalítica. La colección de momentos son varios: el escape en Berlín entre las vías del tren donde Bourne intenta evitar a los agentes de policía, la persecución frenética por las calles de Moscú convertida en un tour de force bestial a pesar de que, por desgracia, no logre verse toda la conducción al contar con una cámara demasiado frenética al igual que la evasión entre las calles abarrotadas de la India. Todas estas escenas demuestran la artesanía de un director que enfoca la mirada en la acción física, drástica, sin recurrir a artificios ni a parafernalias típicas de Hollywood donde lo digital y los efectos computerizados priman por encima de los efectos artesanales. Tan sólo hay que ver la escena donde Bourne se defiende con una revista frente a otro de los agentes secretos para comprobar que estamos ante una película de acción a la antigua usanza y que demuestra que el cine de espías necesitaba un giro radical como éste, mucho más accesible pero a la vez mucho más físico en forma y fondo. Liman dejó las bases pero Greengrass lo llevó al siguiente nivel en cuanto a fisicidad pura.

Dejando a un lado la acción, “El mito de Bourne” cuenta con secuencias bastante potentes en cuanto a planos se refiere como por ejemplo ese donde vemos el resurgir del agua del propio Jason. Al igual que en la primera parte se lo encontraban flotando en el agua aquí surge de ella a modo de renacimiento, reconvertido en un ser con una única misión en su vida: acabar con todos los que le han causado daño y a su vez acabar con todo el tinglado montado. Es, en cierta medida, una escena simbólica donde se demuestra que el elemento líquido es una constante en las tres entregas. Otro plano que confiere una sensación de eficacia probada es aquel donde Bourne está observando con la mira telescópica a Pamela demostrando que es un agente eficaz y letal, metódico e inteligente. Desde luego el personaje creado por Robert Ludlum, a través de la dirección de Greengrass, deja la sensación de que hubiese encajado a la perfección como integrante o protagonista de una película de Jean Pierre Melville pues Bourne es un personaje tosco, seco, serio, conciso en palabras y letal en acciones, metódico para su causa y jamás da puntada sin hilo. Un ser frío y calculador pero que tiene los sentimientos en su justa medida para no ser un sanguinario despiadado, una persona que necesita redimir las acciones del pasado las cuales han causado tanto daño.

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Greengrass venía con una carrera discreta a pesar de tener algún título destacable pero está claro que “El mito de Bourne” puso su apellido en el mapa cinematográfico y  consiguió convertirse en un director con el potencial necesario para salir airoso y convertir su entrega en una secuela más que digna. Pero también su labor tras la cámara sirvió para congraciarse tanto con el público como con la crítica especializada adquiriendo, a su vez, el calificativo de que su película era tan buena como la primera entrega al  servir espectáculo y calidad a partes iguales. Gracias también a una elegancia tosca, ruda y una intensidad dramática que podría romper un témpano de hielo. Porque aquí contamos con personajes trabajados y cuya presencia, a pesar de no tener apenas diálogos, consiguen ser tan inquietantes como acertados. Dígase, por ejemplo, el rol  interpretado por Karl Urban quien logra ser un auténtico badass en potencia y cuya letalidad es más que eficaz. Lo mismo sucede con el agente que combate con Bourne en el interior de la casa o la interacción de Joan Allen y Brian Cox demostrando el contraste moral entre una persona que desea saber la verdad y otra que juega con intenciones de dudosa honorabilidad. Si bien es cierto hay algunos aspectos en el guión que resultan un tanto confusos o quizás no tan esclarecedores para así, de esta forma, parecer más maduro de lo que es en realidad se puede decir, sin lugar a dudas, que la segunda parte de la saga sirve perfectamente como puente para llegar a la guinda más explosiva del pastel.

Claqueta de bitácora


 

Título original: The Bourne Supremacy

Director: Paul Greengrass

Actores: Matt Damon, Joan Allen, Brian Cox, Karl Urban, Julia Stiles, Franka Potente, Karel Roden, Gabriel Mann, Marton Csokas, Tom Gallop, John Bedford Lloyd, Michelle Monaghan, Ethan Sandler, Chris Cooper, Tomas Arana, Oksana Akinshina

Guionista: Tony Gilroy (Novela: Robert Ludlum)

Banda sonora: John Powell

Fotografía: Oliver Wood

País: Estados Unidos

Año: 2004

Género: Acción. Thriller. Secuela

Productora: Universal Pictures

Sinopsis

Jason Bourne pensaba que había dejado atrás su pasado dos años antes. Durante ese tiempo, atormentado por ciertas pesadillas y por un pasado que no consigue recordar, Bourne y Marie se trasladan de una ciudad a otra, viviendo de manera anónima y clandestina. Tratan de huir de una amenaza confusa y desconocida que creen percibir en la mirada de cualquier extraño, en cada llamada telefónica “equivocada”. Cuando un agente aparece por la tranquila villa en la que se alojan, la pareja huye precipitadamente: cuando su pasado asoma por la puerta, es la única opción que le queda. Pero el juego del ratón y el gato ha vuelto a comenzar, obligando a entrar en acción a Bourne para enfrentarse a un grupo de implacables asesinos profesionales. Hace dos años Bourne abandonó ese ambiente letal y anónimo en el que todo intento de entrar en contacto con los que mueven los hilos se castiga severamente. Pero son ellos los que han venido a llamar a su puerta, y Bourne va a cumplir las reglas: deberían haberle dejado en paz..

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