CRITICA / Gladiator (Ridley Scott, 2000). El feroz resurgir de un género olvidado.

poster

.

Somos sombras y ceniza, Máximo, ¡Sombras y ceniza!” – Próximo (Oliver Reed)

.

Los géneros van y vienen. Todos tienen su época de gloria y aunque algunos sobreviven a las modas y logran mantenerse hay otros tantos que, para su desgracia, acaban en el olvido. Por suerte para ellos hay directores que apuestan por ellos una vez relegados al abandono para volver a resucitarlos. Sucedió con los musicales, sucedió con el western y lo mismo pasó con el cine de piratas. Pero hay uno que marcó una época en el Hollywood dorado y ese fue el género de romanos, conocido también como péplum. Tristemente, a pesar de contar con títulos marcados a fuego en el colectivo popular, no pudo soportar el paso del tiempo, no supo amoldarse a las exigencias del público el cual estaba ávido de una acción más seca, más violenta, una exposición mucho más atractiva y sin tanto interés por esa sensación de cartón piedra con la que contaban los últimos ejemplares del cine de sangre y arena. Como suele pasar el péplum acabó en el ostracismo. De un modo similar Ridley Scott, a finales de los 90, no era el Ridley Scott que se granjeaba loores y aplausos. Necesitaba un éxito que como mínimo diese dividendos y demostrara que seguía siendo el esteta que siempre fue. En pleno año 2000 el director de “Alien, el octavo pasajero” (1979) presentó al público el título que haría que tanto el género como él volvieran a recuperar el impulso y la fama que llevaban tanto tiempo buscando.

“Galdiator” puede ostentar, por derecho propio, el título de convertirse en un antes y un después del cine de romanos, el resurgir de un formato olvidado logrando, además, que Hollywood se interesase de nuevo por el cine épico. No sólo se convertiría en un punto de inflexión en la carrera del director consiguiendo demostrar que Ridley Scott seguía teniendo la madera necesaria para este tipo de productos. Con “1492: la conquista del paraíso” (1992) intentaba demostrar que la esencia del cine épico ahí estaba pero no se puede negar que la película basada en la vida y obras de Cristobal Colón resultó mucho más intimista de lo esperado y en más de una ocasión no conseguía captar la esencia de la propia aventura, pernoctando entre cierto egocentrismo y un fallido intento por resultar perfecta. Para dar vida al gladiador de los nuevos tiempos se recurrió a David Franzon, John Logan y William Nicholson para que realizaran el guión. También se inspiraron en títulos como “La caída del imperio romano” (Anthony Mann, 1964) o “Espartaco” (Stanley Kubrick, 1960) para exponer la historia del general reconvertido en esclavo y luego en luchador mientras urde un plan de venganza por la muerte de su esposa e hijo contra un César maquiavélico y pérfido, el cual está llevando a Roma a su autodestrucción bajo un régimen tiránico.

Emperor-Watches-Frail

El guión, según palabras del propio Crowe hace unos días, lo iban realizando sobre la marcha del rodaje es, ante todo, sencillo en cuanto a resultado pero resulta muy eficaz en sus intenciones. La película viene cargada de acción lograda la cual concibió un estilo de violencia sangrienta, impactante y muy furiosa como bien muestran todos y cada uno de los combates cuerpo a cuerpo o la batalla inicial de los primeros minutos. Scott, ayudado siempre de un montaje seco para dar la sensación de movimiento constante, enfoca la cámara con un estilo particular aunando espectacularidad y dinamismo a partes iguales. Sin ir más lejos la primera escena, con la invasión en Germania, es un prodigio de la narrativa y la exposición. Aunque los detractores siempre han tachado el cine épico del director de ser demasiado entrecortado, sin saber enfocar la acción ante tanto corte y abusando de obturador para darle ese tono tan reconocible (y en cierta manera parte de razón hay en esa opinión), “Gladiator” es hija de los nuevos tiempos que llegó para quedarse donde se necesitaba un tipo de acción más adrenalítica, expuesta con una sensación más tangible de la batalla y la sangre, mucho más estética y por ende más furiosa.

Una de las razones por las que “Gladiator” resultó en un éxito sin igual es porque contaba con un montaje mucho más activo en comparación con otros títulos del mismo género, un tanto videoclipero en su ejecución siendo todo un riesgo para un tipo de cine  que siempre había sido pródigo en una narrativa más encorsetada. Aquí hay que añadir que Scott juega en todo momento con la estética que siempre ha primado en su filmografía estando por encima de lo convencional de otros directores. Añadimos a la ecuación que la acción es fisicidad absoluta, bastante violenta  pero sin obviar que el propósito justamente es ése: conseguir plasmar con todo lujo de detalles y sin cohibirse a la hora de mostrar estocadas, cortes, decapitaciones, empalamientos pero sobre todo la sangre, un elemento cada vez más imprescindible a la hora de exponer la acción en este tipo de producciones y que a su vez serviría de influencia para casos posteriores como por ejemplo “300” (Zack Snyder, 2006), título mucho más plástico y sobredimensionado. También hay que añadir que el péplum se había quedado anticuado en las formas. La sensación de peligro y muerte había quedado vetusta y se necesitaba una vitalidad mucho más efusiva, mucho más dinámica y ante todo contar con una fuerza visual que Ridley Scott logró dentro de unos cánones y un lenguaje cinematográfico actualizado, necesario para los cambios que Hollywood necesitaba (e imponía).

Gladiator-pics

También merece mención especial la fotografía rústica a la par que bella de un John Mathieson inspirado convirtiendo su trabajo en una de las influencias directas del cine épico. Él se encarga de que lo visual prevalezca y se convierta en un estilo narrativo brillante y definido. Durante todo el metraje radica la sutileza de los tonos fríos y azulados frente a los colores tostados y terrosos presentando, de esta forma, los contrastes del tiempo y la estación, al igual que esos tonos entroncan con las costumbres y culturas de los lugares expuestos. De ahí que la primera batalla o la parte de los exteriores en el campamento transmiten la sensación de soledad mientras que los interiores de las tiendas de campaña contienen una iluminación más cálida resultando propicias para los diálogos calmados e íntimos. Puede decirse que las distintas escenas están cargadas de una poesía visual impresionante. Lógicamente, con el paso de los años, ciertos efectos digitales no han resistido el paso del tiempo como por ejemplo las construcciones romanas que resultan un tanto cantosas, con una textura plástica para nada creíble y la sensación comprensible de que no se está delante de las estructuras expuestas. Aún así siguen siendo un daño menor que no afecta al conjunto visual de la película pues a pesar de todo si por algo destaca la obra de Scott es por la sensación de espectáculo circense (nunca mejor dicho) ante un apabullante ejercicio de estilo reconvertido en un auténtico fuego de artificio sin fecha de caducidad.

Lógicamente los actores es otro de los grandes aciertos con los que cuenta el filme. Russell Crowe, en el papel que lo lanzó al estrellato, resulta convincente como ese general que es respetado, admirado y venerado por sus fieles soldados y amigos y un hombre de principios que sirve a la causa de conseguir una Roma pura y honorable al servicio de un César que lo aprecia como el hijo deseado que no pudo ser en contraposición al vástago que desea ocupar su lugar a cualquier precio. El actor siempre fue un secundario con una presencia notable y bastante convincente en su ruda forma de actuar como ya demostró en “L.A. Confidential” (Curtis Hanson, 1997). Interpretando a Máximo Décimo Meridio se convirtió en el héroe de corte clásico pero con la fiereza necesaria. Era la suma de la bravura y la dignidad de los luchadores al servicio de una causa noble. Su porte, su carisma y sus dotes a la hora de interpretar al personaje lograron convertirlo en el prototipo de lo que se esperaba con los protagonistas del nuevo cine épico. También merece mención especial la forma en cómo logra adaptarse en el campo de batalla. Las escenas de acción están al servicio de su química con el espectador consiguiendo en todo momento resultar creíble y no parecer excesivo.

still-of-connie-nielsen-and-joaquin-phoenix-in-gladiator-(2000)-large-picture

Crowe demuestra tener la furia de una bestia desatada en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, el liderazgo ante sus soldados y el don de mando ante los esclavos. Otra de sus virtudes es que sabe jugar con la mirada sin decir una palabra. Es destacable al respecto cuando intenta erradicar el tatuaje de la legión de su cuerpo. La forma en cómo mira a Djimon Hounsou ante una pregunta concreta es perfecta. Pero también sabe mantener la templanza en los momentos íntimos como las escenas donde comparte diálogo con Richard Harris en el interior de la tienda, demostrando haber una química absoluta entre ambos actores. Los diálogos sobre los deseos del César para que Máximo sea el nuevo sucesor son realmente buenos y quizás los mejores de toda la película. La razón por la que el actor resulta idóneo para el papel es que podría haberse contado con un actor musculoso pero pocas dotes interpretativas. Algo parecido al caso de Arnold Schwarzenegger en “Conan, el bárbaro” (John Milius, 1982). Pero de lo que aquí se trata es de contar con alguien con más intelecto que fuerza a pesar de ser un buen combatiente en las lides de la batalla. Crowe va más allá. Porque no sólo demuestra tener la destreza necesaria para manejar la espada como bien muestran las escenas en Germania, la lucha contra los soldados que desean acabar con él en medio del bosque o todas las peleas en el Coliseo. También ofrece una amalgama de registros que hacen muestra del repertorio con el que cuenta el actor. Véase cuando descubre la situación de su mujer e hijo, el speech ante Cómodo al descubrir sus intenciones con uno de los monólogos más recordados de toda la película o los diálogos entre él y Connie Nielsen que pasan del odio al amor en varios momentos.

Al otro lado de la balanza, se encuentra Joaquin Phoenix interpretando a Cómodo, el villano de la función y el auténtico némesis del protagonista. Un hombre embriagado de poder, incestuoso, arrogante,  misógino, ambicioso desmedido y que no puede soportar que su padre, el César de Roma, no sienta afecto hacia él. El actor, a pesar de notarse un esfuerzo notable por ser creíble y resultar un antagonista de nivel, en más de una ocasión abusa de un histrionismo un tanto desmedido que le pasa factura. El exceso de ego le hace creer que por gritar demasiado o poner cara de malvado entornando los ojos son motivos suficientes para conseguir la tan ansiada estatuilla y el aplauso unánime del público.  Aún así  es imposible obviar el carisma y la buena voluntad por ofrecer un enemigo en condiciones, con matices más allá de lo básico y que se esfuerza en resultar creíble ante tanta maldad, una que refleja el carácter y los motivos retorcidos y moralmente cuestionables de los líderes de la antigua Roma. De ahí que su personaje resulte más interesante en los momentos donde está al servicio de la historia como las escenas de diálogos donde intenta imponer su ley marcial y su control absoluto ante su hermana que en los episodios de locura enajenada donde resulta bastante sobreactuado aunque pueda parecer un acierto para acentuar su villanía. Podría incluso llegar a verse como una exposición de los sentimientos negativos, venenosos e incontrolados de alguien que desea ser amado a costa de destruir todo cuanto le rodea. La plasmación de la ambición humana desmedida de un adulto que sólo concibe el logro y el poder a base de asesinatos, manipulaciones y un trastocado deseo hacia los de su misma sangre.

El resto de secundarios son igualmente importantes en esta historia de traiciones, conspiraciones, batallas y luchas sangrientas. El tristemente malogrado Richard Harris, excelente como César, resulta uno de los invitados de lujo pues demuestra en todo momento las grandes dotes interpretativas que posee el actor. La primera escena, donde aparece como un hombre cansado que en la lejanía logra atisbar su muerte entre la nieve o los diálogos donde expone a un complaciente Máximo lo que ha conseguido y lo que ha perdido por Roma son clases magistrales de un actor impecable. Oliver Reed como Próximo resulta ser un secundario necesario que consigue darle la fuerza y vitalidad necesaria a su personaje a pesar de no ser importante. De ahí que todas y cada una de sus apariciones contienen un empaque agradecido haciendo mención especial su primera aparición mostrándose como un hombre que no ve a sus esclavos como personas sino como beneficios o cuando intenta convencer a Máximo que si logra ganarse al público conseguirá su libertad. Por último pero no menos importante se encuentra Connie Nielsen. Calculadora y fría, que sigue enamorada de Máximo en secreto y que a través de sus armas de mujer logra controlar a su hermano manipulándolo para conseguir sobrevivir y a su vez proteger a su hijo aún siendo desdichada por el futuro poco aciago que le espera. También merece respeto la aparición de Derek Jacobi como el senador Graco. Su elegancia y su compostura en todo momento es uno de los mejores ejemplos de una actuación solvente. Intérpretes que dan la talla en todo momento con roles que de haber sido interpretados por otros quizás no hubiesen tenido el mismo atractivo ni el mismo convencimiento.

R2068

El propósito de Ridley Scott, aparte de demostrar que podía volver a ser el mejor en estas lides al imprimir su sello característico, era revivir un género olvidado, darle el espectáculo que necesitaba, convertirlo en un reclamo y a su vez darle el enfoque y la fuerza necesaria para que no cayera en saco roto para así conseguir el éxito tanto de taquilla como de crítica. Si bien es cierto que, en cuanto a guión, no acabó siendo todo lo perfecto que podía llegar a ser pues en las escenas calmas o donde el diálogo es el protagonista a veces se pierde con un punto de subrayado en cuanto a intenciones (incluso hay escenas en la parte central que necesitan un reajuste en cuanto a ritmo) es con las escenas de acción donde Scott logra conquistar la montaña del escepticismo pues gracias a ellas es por lo que la película se convirtió en todo un referente. Pero por encima de todo “Gladiator” es realmente eficaz. Por muchos motivos. Está muy bien dirigida, muy bien concatenada y logra el objetivo de resultar creíble en todo momento. Empezando por la batalla de los romanos contra los germanos. Se siente la tensión, la guerra a ras de suelo y el peligro de una guerra. Seguimos con la acción extrema en todas y cada una de las escenas donde la violencia tiene razón de ser y aunque es cierto que en más de una ocasión algunas coreografías resultan mecánicas, a la hora de sorprender contiene un empaque visual que luce muy bien aunque no le hubiese ido nada mal cortes menos pronunciados en la sala de montaje.  Más tarde tenemos cita con el suspense ante el poder de manipulación y destrucción de Cómodo contra Máximo. El problema radica en que todo sucede de forma abrupta y poco fluida al tener la sensación de no saber cómo darle buen cierre a las distintas partes del guión. Por último, la película culmina en un clímax digno de un coliseo romano donde la rabia, la furia, la justicia y el cénit de un luchador en busca de venganza y libertad deparan un auténtico tour de force cargado de épica visceral al servicio de la puesta en escena.

Por último pero no menos importante mención especial a la partitura de un inspirado y entregado Hans Zimmer que con sus temas entre heroicos e intimistas a partes iguales logró convertir la banda sonora en un leitmotiv de la épica existencial convirtiendo cada momento de la película en una agradecida poesía onírica musical. Está claro que “Gladiator” se encuentra protegida por un diseño de producción radiante, voluminosa en su propuesta y realmente solemne en su resultado. Acabaría convirtiéndose en ejemplo a imitar saliendo de la nada copias e imitaciones de distinto calibre y resultado variopinto. Por derecho propio se convirtió en un ejemplo de cine espectáculo al servicio de una técnica bien engrasada y ajustada. Un filme que se aposenta sobre las bases del cine de romanos más clásico pero sin la pomposidad un tanto melindre de aquellos tiempos sino más bien dándole la vuelta, cual calcetín, para deparar una fiereza pocas veces vista y que servía, también, para enmascarar un poco un guión no tan perfecto como podría aparentar. Como era de esperar, Ridley Scott triunfó por todo lo alto convirtiendo a su título en una declaración de intenciones y un puñetazo en la mesa. Tal es así que se convirtió en un nuevo estilo a la hora de enfocar el cine épico histórico: mucho más drástico, mucho más señorial, con cierta fastuosidad en la puesta en escena y aunado por actores al servicio de la historia. De haber sido un gladiador, la película hubiese gritado a voz en cuello: “¡César, los que van a triunfar te saludan!”.

Claqueta de bitácora

 


 

Título original: Gladiator

Director: Ridley Scott

Actores: Russell Crowe, Joaquin Phoenix, Connie Nielsen, Oliver Reed, Richard Harris, Derek Jacobi, Djimon Hounsou, Ralf Moeller, David Schofield, John Shrapnel, Tomas Arana, Spencer Treat Clark, David Hemmings, Tommy Flanagan, Sven-Ole Thorsen, Tony Curran, Giorgio Cantarini, Omid Djalili, Giannina Facio, Michael Sheen

Guionista: David Franzoni, John Logan, William Nicholson (Argumento: David Franzoni)

Banda sonora: Hans Zimmer

Fotografía: John Mathieson

País: Estados Unidos

Año: 2000

Género: Aventuras. Acción. Drama. Historia.

Productora: Universal Pictures / Dreamworks Pictures / Scott Free Productions

Sinopsis

En el año 180, el Imperio Romano domina todo el mundo conocido. Tras una gran victoria sobre los bárbaros del norte, el anciano emperador Marco Aurelio (Richard Harris) decide transferir el poder a Máximo (Russell Crowe), bravo general de sus ejércitos y hombre de inquebrantable lealtad al imperio. Pero su hijo Cómodo (Joaquin Phoenix), que aspiraba al trono, no lo acepta y trata de asesinar a Máximo.

 

 

Anuncios