CRITICA / X-Men: Apocalipsis (Bryan Singer, 2016). Interesante irregularidad.

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No hay nada peor para una saga que dar señales de cansancio. A veces no basta con demostrar que no hay nada que contar. Es mucho más sencillo que todo eso. Con dar síntomas de que lo ofrecido ya no tiene la garra de antaño o le cuesta mostrar algo distinto, algo como seña de identidad para diferenciarse de las entregas anteriores es más que suficiente. Bryan Singer, en el mundo de las películas basadas en cómics y superhéroes, tiene un peso muy específico, uno muy grande. Podría decirse que hasta su llegada en la década del 2000, justo en ese mismo año, el cine basado en los héroes salidos de las viñetas estaba en punto muerto y si no llegaba a ese extremo iba camino de encontrarse en dique seco. Fue su forma de enfocar y tratar a la patrulla X lo que le dio el apelativo de visionario y no era para menos. “X-Men” resultó ser un producto homogéneo, con un potencial indudable y que le daba un nuevo giro a la forma en cómo se trataba a los superhéroes. Ya no eran roles de matices blancos o negros sino que iban más allá. Singer profundizaba, les daba un cariz mucho más intimista y ofrecía una amalgama de tonos que pocas veces se había visto. También, lógicamente, contaba con unos efectos limpios, agresivos en ciertos aspectos pero ante todo sabiendo cómo tratarlos sin resultar demasiado toscos. Está claro que si por algo funcionó en el colectivo mundial es porque ante todo había chispa, había un contenido bien expuesto, bien enfocado y una serie de personajes muy definidos aparte de colocar a Lobezno como un icono cinematográfico dentro del género en particular y del cine en general.

Los años pasan, las secuelas aparecen, van cambiando los directores, se enfoca el producto desde distintas formas y 16 años después, entre entregas, spin-offs y demás acabamos con la sensación de que hay un cierto hastío por no saber hacia dónde llevar a los mutantes sin que resulte reiterativo y pasado de moda que es lo peor que puede pasarle a un superhéroe. Hay que añadir que si por algo se ha destacado la saga de los X-Men es por tratar uno de los temas más universales e interesantes en cuanto a discurso moral se trata: el aceptar a los que son diferentes o de lo contrario acabar con ellos por ser, precisamente, distintos. En cada una de las entregas se ha tratado con mayor o menor acierto este leitmotiv principal. Cada parte hacía acopio de un espíritu luchador, discursivo, crítico e incluso políticamente juguetón, siempre desde un punto de vista lúdico y con la intención de reconvertirlo en un espectáculo de tres pistas, al servicio del fandom y sin perder de vista al público que no lo es. Incluso títulos con un resultado menos satisfactorio como fue la tercera entrega, “X-Men: La decisión final” (Brett Ratner, 2006), había el claro intento de resultar distinto aún contando la misma historia de siempre: tomar un bando. Cierto, se alejaba de la solemnidad de las dos entregas anteriores dirigidas por Singer pero como espectáculo era todo un deleite bastante interesante y con una colección de momentos dignos de aplauso y encomio.

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Llegados a este punto y sin necesidad de reparar en un escrutinio más profundo sobre los aciertos y errores de todas las entregas podemos decir que “X-Men: Apocalipsis” intenta esforzarse por resultar coherente con las intenciones del producto en sí y seguir la estela perpetrada por “X-Men: días del futuro pasado” (Bryan Singer, 2014) donde el director sigue intentando mantener su estilo y formato, aquel que instauró con la primera entrega. Si bien es cierto se nota que no se aleja de ellos y procura ser fiel a sí mismo, no se puede negar que esta última parte deja una sensación de cansancio, como si por primera vez la marca registrada le viniera grande. No seré yo el que diga que estamos ante una secuela mediocre, para nada. Ni tan siquiera dejaré caer aquí unas letras despachándola en medio de un charco de bilis en su contra. Nada de eso. Tengo claro que la última parte hasta la fecha intenta apartarse un poco de las constantes vitales de los propios mutantes, del discurso trascendental y adentrarse en algo más típico de la década de los 90: un villano encantado de conocerse, ansias de destruir el mundo para construir uno mucho mejor (siempre, claro, bajo las miras del que lo expone) y no dar tanta coba a discursos hundidos en solemnidad. Aunque una cosa son las intenciones y otra muy distinta descubrir si se ha logrado o de lo contrario seguimos como estábamos.

La película comienza con una exposición muy sui generis del antiguo Egipto. En él se encuentra En Sabah Nur quien después de adquirir los poderes de todos los mutantes acabará convirtiéndose en Apocalipsis. Pero radicales del lugar acabarán por sepultar a la nueva deidad para que ésta no pueda dominar el mundo conocido. No se puede negar que hay cierta influencia y ecos bastante claros de títulos como “Stargate” (Roland Emmerich, 1994) o “La momia” (Stephen Sommers, 1999). Es obvio que Singer bebe de estas dos para exponer la cultura y creencias religiosas de aquellos tiempos envueltos en una fantasía más arcaica de lo que pueda parecer. Incluso los efectos visuales son reutilizados bajo una pátina mucho menos efectista y sí mucho más kitsch (tan sólo hay que fijarse el exceso de tonos dorados o la forma de las rocas al caer para comprender que o no hay intención de superarse en esta nueva entrega o de lo contrario el director intenta crear un ejercicio de estilo un tanto menos efectista). Una vez el tiempo avanza nos plantificamos en plena década de los 80 para así continuar con la época que le corresponde a esta entrega. El problema radica en que a pesar de estar contemplando una época específica no hay mucha diferencia de lo que ya hemos contemplado en las entregas anteriores más allá de ciertos cambios de moda, cierta tecnología puntera de la época para de esta forma saber en qué década nos encontramos. Sea como fuere, Apocalipsis resurgirá cual dios en la tierra que desea ver destruido el mundo para crear uno nuevo y con él una nueva civilización bajo su dominio y poder.

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Está claro que uno de los mayores errores de “X-Men: Apocalipsis” es, precisamente, el villano. El problema no radica en si da miedo, si su poder es ilimitado, si es un oponente que está a la altura de las circunstancias o si sus diálogos tienen el peso dramático para ser memorables y fuertes como para tener el potencial requerido. Aquí lo que sucede es que no hay muchos matices dentro de todo lo que rodea a Apocalipsis más allá de querer destruirlo todo, sin mucho más que ofrecer. Se acaba transformando en un esbirro de su propio ego pero poco más. Desde luego sus poderes son atractivos y mortales pero no resulta el malo que un producto como los mutantes de Charles Xavier necesitaba o requería. Para empezar su fisonomía no es atractiva, uno no siente estar ante una amenaza devastadora pues poco o nada tiene de atractivo más allá de cuatro pinceladas. El maquillaje tampoco ayuda pues no hay mucha inspiración en él. Pero lo peor de todo es que no hay apuntes concretos más allá de desear arrasar con todo. Sus frases tampoco son un favor porque están cargadas de obviedades, de frases comunes, de subrayados y de poco esfuerzo por parte de los guionistas por darle el color necesario. De esta forma no le inyectan la madurez, la seriedad ni la villanía necesaria para resultar acertado. Podría decirse que incluso es uno de los más insulsos de toda la saga. Tan sólo es alguien con el don de la persuasión para conseguir rodearse de los cuatro esbirros que siempre fueron con él y que alcanzan el sobrenombre de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” por eso de no dejar sutilezas en el aire.

Tristemente estos secuaces acaban transformándose en una galería de malvados comunes donde, dejando a un lado a Magneto, el resto poco o nada aportan o consiguen (el diseño de personajes tampoco ha sido el correcto esta vez). Y si bien es cierto que Óscar Isaac se esfuerza en resultar convincente se puede decir que no todo está en ser un buen actor, que lo es, sino más bien en sacar oro de una piedra y en este caso no se nota en casi ningún momento más allá de algún apunte esporádico. Pero fuera de lo patente, hubiese sido interesante alguien que se comportara como un auténtico terror en la tierra más allá de su innegable poder y su control absoluto de los elementos. Aquí lo único que consigue es que demuestre sus dones pero no su maldad, es decir, demuestra la forma gracias al apartado técnico pero el fondo queda completamente desdibujado, sin los aspectos necesarios para plantearnos tan siquiera sus intenciones. Todo va a bulto, a vuelapluma, escatimando en todo momento razones y motivos más allá de unas ansias desmedidas de controlar y conquistar a todo cuanto se encuentra en la tierra. Si a todo este desaguisado añadimos que Magneto, quien siempre había resultado el auténtico némesis de Xavier y el villano por antonomasia de todas las entregas, aquí lo colocan en la fatídica posición de “entre Pinto y Valdemoro” sin definirse ni decantarse resulta fallido y un tanto frustrante. Se puede ver el discurso moral que lleva consigo mismo y es de agradecer que sea, una vez más, el personaje rico en matices y perfecto en cuanto debates internos pero el guión empieza a demostrar síntomas de un cansancio palpable que no sabe hacia dónde enfocar la lucha humana entre personajes protagonistas y secundarios. Eso, desde luego, pasa factura.

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 ¿Significa eso que “X-Men: Apocalipsis” es una mala película? No, analizándola fríamente desde luego dista muchísimo de ser un producto mediocre. Para empezar sí podríamos decir que es un filme deslucido por no saber poner freno a una saga que empieza a clamar un punto y aparte o como mínimo un descanso puntual para tomar fuerzas para siguientes entregas. No hay cosa peor que correr sin ganas o estar obligado a hacerlo cuando no hay motivos más allá de lo evidente. Y esta parte no puede ser condecorada. Sí que es cierto que aún así, a pesar de sus errores, los cuales son evidentes, sigue habiendo un interés por luchar consigo misma y llegar a la meta  a pesar de ir a trancas y barrancas. Para empezar el material de partida no ofrece mucho más de lo que ya llevamos viendo desde que comenzó sus andaduras allá en el año 2000 (mutantes contra humanos, el rechazo frente a la aceptación) y contamos con un villano bastante deficiente tanto en forma como en fondo (aunque se agradece en cierta medida que no sea un rol demasiado obtuso y complejo) pero el guión, cuando se mete en faena,  resulta un tanto estimulante e incluso, por qué no decirlo, atractivo porque al ser una película coral la cámara va repartiendo protagonismo en casi todos los personajes que pululan por la película. Claro, como suele pasar, no todos recibirán el mismo protagonismo y mientras unos serán más atractivos otros estarán más opacos e incluso desdibujados.

Como antes citaba, la parte de los cuatro servidores que elegirá Apocalipsis, por mucha parafernalia que contenga a la hora de dotarles de poderes, no es lo suficientemente potente. Los jóvenes actores no dejan huella en la memoria más allá de, quizás, Ángel (la transformación de sus alas) u Ororo (Tormenta), la cual tristemente no recibe el trato que merecía. En cuanto a Psylocke se nota que es más un reclamo que un acierto pues su participación es más bien esporádica, más de lo que se esperaba y acaba siendo carne de tráiler donde su presencia es un engaño pues en la película su presencia es casi inexistente. Está claro que, una vez más, Magneto será el caballo ganador. Su historia es la que más funciona y la que contiene, quizás, los matices emocionales más atractivos. Es la plasmación del personaje que lucha contra su propio poder y del hombre que se encuentra en batalla constante contra sus propios demonios. Su parte es la que sirve para exponer el debate que se encuentra entre el humano y el mutante, todo en uno. La escena de la fábrica, donde Magneto se expone como mutante al salvar a un humano de morir, es impresionante al igual que la escena en el bosque sirve para plasmar con todo lujo de detalles que el hombre es un lobo para el propio hombre aparte de demostrar que es en este tipo de escenas donde Singer manifiesta lo buen director que es. La carga épica y trágica de la situación, junto con una fotografía muy bien trabajada, donde Magneto desata toda su furia ante un desastre inevitable expone un auténtico tour de force catártico que servirá, una vez más, para que el mutante se despoje del disfraz humano y resurja como la amenaza real que es. El otro momento decisivo será ese donde Apocalipsis lo coloque en el campo de concentración donde tuvo conocimiento de su poder y dominio sobre los metales. La forma en cómo destruirá a sus propios demonios para reconvertirse, definitivamente, en el Magneto que siempre fue es un ejercicio magistral de exposición al igual que contiene una declaración de intenciones perfecta. Michael Fassbender es un actor que comprende al personaje y lo hace suyo.

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Dejando a un lado que Apocalipsis no ha sido el acierto que tanto se esperaba de él y que Magneto sigue siendo el único que es capaz de representar una auténtica amenaza real, el resto del elenco resulta entre correcto (James McAvoy como Charles Xavier siempre convence), lo anodino (Jennifer Lawrence se encuentra perdida y desubicada sin saber qué hacer muy bien con su papel de Mística) y lo anecdótico (Hugh Jackman apareciendo simplemente como cameo agradecido para el fandom y de esta forma congraciarse con los fans que no pueden soportar no ver a su personaje favorito al lado del resto de mutantes). También es cierto que hay un esfuerzo palpable por dejar que las nuevas generaciones recojan el testigo para hacer suyos personajes que fueron de otros actores anteriormente. Pero si bien es cierto que hay ganas de inyectar rostros jóvenes para roles conocidos son muy pocos los que logran convertirse en aciertos. Nicholas Hoult como Bestia, Tye Sheridan como Cíclope, Sophie Turner como Jean Grey o Kodi Smith McPhee como Rondador Nocturno son los nuevos fichajes pero aunque se intenta plasmar un costumbrismo tanto en los personajes como en los poderes que poseen no todos acaban dejando constancia de su presencia. Tan sólo Sheridan interpretando a Cíclope será el único que aporte algo de madurez (véase la escena en la que descubre su poder en los servicios del instituto). Pero está claro que si hay un momento asociado a un poder y éste a un actor ese no es otro que la aparición de Evan Peters como Quicksilver. Recuperando, una vez más, los logros de su momento cumbre en “X-Men: Días del futuro pasado” (Brian Singer, 2014) aquí se amplía, se magnifica y se potencia el acierto de unos efectos especiales realmente hipnóticos que bajo la pegadiza tonadilla del “Sweet Dreams” de Eurythmics todo cuanto acontece es un espectáculo de primer orden. Nada está puesto por casualidad y las virguerías visuales no tienen parangón.

Simon Kinberg a la cabeza como guionista y ayudado por el propio Singer deciden posicionarse con un título acomodado, poco atractivo en su gran mayoría a pesar de tener pinceladas de buen gusto en lo pirotécnico aunque el clímax vuelve a recurrir a la destrucción masiva de la que disfrutan y abusan casi todos los filmes de superhéroes que acaban por saturar la vista cuando lo que realmente hace falta es algo más de ingenio y menos exceso en el despliegue de medios. La película se encuentra envuelta en un fino manto religioso que va dando pequeñas pinceladas a través de ciertas exposiciones y sobre todo cuanto Apocalipsis se desdobla hacia dos intenciones concretas que sirven para redundar en ese aspecto: dominar a la nueva humanidad reconvertido en un mutante que ambiciona ser un dios al cual venerar y a la vez inyectarle cierto halo de misticismo con el cual jugar al existencialismo como reflexión (falsos dioses frente a su posicionamiento como la única deidad existente). Incluso juega con la intención de que para redimir los errores de la humanidad hay que destruirla para empezar de cero. Puede decirse que dentro de lo grave estamos ante un filme que no molesta, no resulta ni ofensiva en cuanto a hilaridades o decisiones chirriantes, que puede seguirse con facilidad y que bajo el punto de vista de comparativa se queda en medio de una balanza que jamás permanecería en el plato de entrega acertada pero tampoco podría pasar al platillo de los errores fílmicos. Tampoco es que necesite defenderla en demasía para salvarla del atolladero en el que se encuentra actualmente la saga y que demuestra claramente que Mathew Vaughn, después de ofrecer la eficaz, atractiva y madura “X-Men: primera generación” (2011), es la solución y el director a elegir para futuras entregas pues Singer tanto con “Días del futuro pasado” como con “Apocalipsis” corrobora que poco o nada tiene ya que hacer u ofrecer. Nadie le niega que logró resurgir al género de superhéroes, darle la atención y el respeto que merecía y dar el puñetazo en la mesa pero a día de hoy debería plantearse una retirada a tiempo. De no hacerlo hay cierto temor a que acabe hundiendo a la propia saga al completo en el lugar del que surgió.

Claqueta de bitácora


 

Título original: X-Men: Apocalypse

Director: Bryan Singer

Actores: James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Nicholas Hoult, Oscar Isaac, Rose Byrne, Evan Peters, Sophie Turner, Tye Sheridan, Josh Helman, Kodi Smit-McPhee, Lucas Till, Alexandra Shipp, Olivia Munn, Lana Condor, Hugh Jackman, Stan Lee

Guionista: Simon Kinberg (Historia: Mike Dougherty, Dan Harris, Bryan Singer, Simon Kinberg)

Banda sonora: John Ottman

Fotografía: Newton Thomas Sigel

País: Estados Unidos

Año: 2016

Género: Acción. Ciencia ficción. Secuela.

Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation / Dune Entertainment / Marvel Entertainment

Sinopsis

Desde el inicio de los tiempos Apocalipsis, el mutante más poderoso que ha existido nunca, era adorado como un dios mientras acumulaba los poderes del resto de mutantes convirtiéndose en un ser inmortal. Tras miles de años dormido, despierta en un mundo que no le gusta y por ello recluta un equipo, encabezado por Magneto, para acabar con toda la humanidad y crear un nuevo orden mundial. Pero el Profesor X, con la ayuda de Mística, se unirá a un grupo de jóvenes mutantes para tratar de detener al mayor enemigo contra el que se hayan enfrentado jamás.

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