CRITICA / Alicia en el país de las maravillas (varios directores, 1951). Viaje al surrealismo animado.

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Clásico Disney nº 13

“La Cenicienta” salvó los muebles (y la casa) a Walt Disney. Por así decirlo fue un antes y un después de tantos por los que ha pasado la empresa. Gracias a ella, gracias al éxito cosechado, el maestro pudo hacer realidad uno de los sueños que llevaba acariciando desde los primeros días en los que el mundo de la animación fue su vida: dar vida a través de la animación la obra literaria “Alicia en el país de las maravillas”.  Por así decirlo un deseo dorado. Sin ir más lejos uno de los primeros cortos que realizó para sus estudios Laugh-O-Gram estuvo basado levemente en la obra de Lewis Carroll, interpretado por la actriz infantil Virginia Davis. Esta serie de cortos no tuvieron mucho éxito pero sí el formato que empleó para la ocasión que no era otra cosa que animación mezclada con actores reales. Eso acabó siendo una serie propia con el personaje de Alice como protagonista. Siempre que tenía una oportunidad el cuento de Alicia salía a la palestra y siempre con la intención de realizarla de la misma forma que la serie, es decir, mezclando dibujos y realidad. Tanta era su admiración por esa obra que antes de hacer “Blancanieves y los siete enanitos” pensó en llevar a la gran pantalla la obra de “Alicia en el país de las maravillas”. Se llegaron a hacer tests de pantalla con la actriz Mary Pickford pero en 1933 se comenzó la producción de una versión con guión de Joseph L. Mankiewicz que contaba con la participación de estrellas del calibre de Gary Cooper y Cary Grant entre otros. Eso llevó a que Walt aparcara momentáneamente su deseo de llevarla a la gran pantalla. En 1945, después de la guerra, intentó realizar una película al más puro estilo “Los Tres caballeros”, con Ginger Rogers como protagonista, pero tampoco tuvo éxito en su propuesta.

No fue hasta 1951 que pudo estrenar la versión animada, basada en “Alicia en el país de las maravillas” y “Alicia a través del espejo”. La película volvió a contar con la dirección de Clyde Geronimi, Wilfred Jackson y Hamilton Luske, los artífices tras la cámara del mega éxito “La Cenicienta” y con las artes pluscuamperfectas de “los nueve ancianos”. Pero el hecho de contar con nada menos que 13 guionistas (algo que sorprende precisamente por la ingente cantidad de personas) haría que el resultado fuese desde luego algo variopinto y no tan homogéneo como podría haberse esperado. Desde luego “Alicia en el país de las maravillas” no es un producto al uso. Aún siendo un cuento muy popular y una de las obras más atemporales de todos los tiempos exigía por parte del espectador algo bastante importante: concentración completa y aceptación de lo que Disney, a través de su equipo, proponía. Por así decirlo la película, en las formas, era más semejante a casos como “Fantasía” o incluso a las películas paquete de la década de los 40 que a “Blancanieves y los siete enanitos”, “La Cenicienta” o incluso “Pinocho”. Desde el principio, una vez Alicia entra por la madriguera de conejo no hay una historia definida o coherente, no hay un hilo narrativo claro más allá de vivir una serie de aventuras y desventuras sin un propósito concreto aparte de adentrarse en un mundo enajenado y carente de toda lógica. Incluso si se desea hilar más fino el filme se puede llegar a contemplar como una serie de pequeñas píldoras o cortos que forman un conjunto, como si el país de las maravillas estuviese formado por una infinidad de habitaciones y Alicia pasase por todas.

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Una vez más, la obra animada está trufada de una galería excelente de secundarios. Eso, lógicamente, jugaba en los dos filos de la navaja. Por un lado la protagonista, Alicia, cuenta con un carácter poco empático precisamente por ser una adolescente mimada, consentida, un tanto encarada y bastante maleducada desde cualquier prisma posible. Su forma de ser entre inquisitivo y poco agradecido, precisamente por las resolutivas hacia su persona, hacen que sea un personaje de difícil calado y poco atractivo, a pesar de demostrarse que en Disney la fisonomía femenina cada vez iba ganando en detalles, matices y ante todo en belleza. Por el otro contamos con secundarios que definitivamente son más interesantes por su diseño, por su carácter, por la locura de la cual son dueños y víctimas al mismo tiempo y que conciben un formato realmente novedoso y atractivo en lo que a diseños se refiere. Es imposible no quedarse prendado por personajes como el conejo blanco que siempre está corriendo porque llega tarde, el sombrerero loco y la liebre de marzo que se encuentran en una fiesta de no cumpleaños perenne a base de bailes, canciones y té a todas horas, el gato “risón” que aparece y desaparece a su antojo o la reina de corazones, inestable, compleja y que disfruta decapitando a sus súbditos. Son personajes realmente definidos en su carácter abiertamente trastornado y que además de disfrutar de ello nos hacen disfrutar a nosotros. Es imposible no sentir, en cierta manera, la enfermedad mental como un objeto de análisis y color a partes iguales. Sólo que aquí quien domina el manicomio es el propio Disney, dejando que todo fluya en su justa medida.

Tristemente la crítica fue cruda y dura con el resultado. Los puristas de la obra original no vieron la fidelidad exigida a la hora de llevar una de sus obras favoritas a la gran pantalla, tachando a la película de “americanizar” a Alicia y sus personajes. Lógicamente el propio Walt no se sintió defraudado con la crítica pues sus intenciones siempre fueron hacerla de corte familiar. Dado que trasladar el estilo y formato de las ilustraciones de John Tenniel, las láminas que acompañaban a la obra de Carroll, hubiese sido una obra faraónica e imposible se decidió implantar un estilo personal demostrando haber hecho un trabajo excelente al respecto. Tan sólo hay que ver que en la memoria colectiva ha quedado patente la calidad de los personajes antes citados. Incluso el picaporte fue cosecha propia pues éste no existía en el cuento. Otro problema importante fue el empleo de hasta 14 canciones, la banda sonora con más temas hasta la fecha en la factoría Disney, muchas de las cuales eran los poemas de la obra sólo que musicalizados. Eso hacía que quienes no fueran proclives o adeptos con una de las idiosincrasias de las películas Disney iba a encontrarse con un muro difícil de sortear. Podría decirse que casi cada escena tiene su propia canción, sin posibilidad de evitarlo. Lógicamente, al contar con tres directores y un exceso de guionistas hizo que el producto se resintiera de una forma brutal, haciendo que unas escenas fuesen más impactantes que las anteriores donde el resultado final resultara un tanto irregular o por así decirlo no tan homogéneo como podía esperarse de una película Disney.

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Por desgracia, el propio Walt no quedó contento con el resultado. A pesar de creer en que los sueños se hacían realidad éste fue más bien una pesadilla. Hay que sumarle que la película, a pesar de ser un fracaso en taquilla, acabó resultando un éxito entre círculos selectos en la década de los 60 y sobre todo en ciertas universidades pues, debido a la ingesta de drogas y con el estado psicotrópico que éstas ofrecían, el filme resultaba algo atractivo y de cierto calado social en la conocida “cultura de la droga”. Disney no deseaba que su obra estuviese relacionada con algo tan funesto y acabó retirando las copias de las universidades. No fue hasta 1974 que se reestrenó por primera vez y la publicidad contenía, precisamente, elementos psicotrópicos como reclamo. Incluso queriendo o sin querer, el que nuestra protagonista crezca o mengue según la ingesta de setas mágicas da un poco de razón a toda la cultura contracultural de la época más hippie. Dejando a un lado todo este apartado, no se puede negar que “Alicia en el país de las maravillas” no es una película para todos los paladares. Igual que en su momento “Fantasía” fue un rotundo fracaso por no ser hija de su tiempo, la obra que aquí contemplamos tampoco tuvo la suerte que merecía. Si bien es cierto que su guión resulta demasiado rompedor, éste se alejaba por completo de los cánones establecidos y ante todo de la coherencia narrativa. Es, después de todo, un viaje a la aventura desconocida y la fantasía más primigenia. El mundo de los sueños está expuesto con toda una amalgama de posibilidades, desde un gato con sonrisa siniestra que aparece y desaparece según le plazca hasta animales que giran alrededor del fuego para evitar mojarse ¡situados en medio del agua! Pasando por cartas a modo de soldados. Incluso un conejo con reloj que corre para no llegar tarde. Las opciones son infinitas.

Dejando a un lado si el producto merece ser considerado uno de los clásicos mayores, de los menores o si posee las cualidades necesarias para ser considerada un arriesgado ejercicio de estilo fuera de toda formalidad, “Alicia en el país de las maravillas” es un exponente de que hay cosas que es muy difícil lograr, ya sea atrapar al conejo blanco, salir indemne (y cuerdo) de una conversación con la locura personificada o lograr salir de un laberinto sin más escapatoria que convertirse en uno más de los locos que pueblan este retorcido, fascinante y embriagador mural donde Kafka y Freud disfrutarían de lo lindo siendo los amos y señores de sus fantasías convertidas en película. Es cierto que el filme no debe tomarse como una película más al uso. Hacerlo sería dañarla o relegarla a un producto fallido. Todo lo contrario. Desde el mismo instante que la niña cae en dirección a lo desconocido nos encontramos con una ristra de situaciones fantásticas, originales y muy bien plasmadas. Si bien es cierto que el carácter de Alicia no es el más atractivo tampoco encuentro que desentonen las reacciones infantiles, mimadas y consentidas ante las contestaciones y reacciones que recibe de los habitantes de este manicomio colorista. Hasta puedo llegar a entender esos lloros y lágrimas incesantes demostrando que los miedos no tienen otra forma de aflorar que no sea a través de las emociones más primigenias y esenciales.

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No se puede obviar que aquí el humor es lo que prima por encima de todo, asociado siempre a la fantasía pura y dura (procedente lógicamente de la obra original) y que la tensión y los momentos dramáticos son menos acentuados como sucediera en películas anteriores. Pero contemplar un picaporte tragarse, literalmente, un mar de lágrimas, un dodo como maestro de dirección, una historia realmente funesta con una morsa, un carpintero y unas ostras realmente entrañables como protagonistas, una fiesta de no cumpleaños con los mejores personajes en la mejor escena de toda la función (su tipo de comedia serviría, no lo dudo, de inspiración para cómicos posteriores), una oruga fumadora empedernida, un bosque encantado que alberga una infinidad de criaturas a cual más original, un gato cósmico que posee la aparición más interesante de todas, un concierto de flores perfecto, una reina que se convierte en uno de los villanos más esperpénticos, agresivos y ante todo enajenados de toda la factoría Disney (atención al juicio sin razón posible) o ese ejército de cartas que demuestra las dotes maestras de dibujantes en estado de gracia, todos en su conjunto (la lagartija deshollinador o el conejo siguen siendo personajes de muy alta calidad), hacen que no sea una película más, que no sea tomada como una película inferior aunque no ofrezca, en principio, lo que se espera de ella por estar bajo el sello Disney. Siempre he considerado “Alicia en el país de las maravillas” uno de los viajes más estimulantes, gratificantes, un tanto arriesgados y en cierta forma fuera de toda lógica posible (valga la redundancia) de toda la filmografía de Walt Disney como artífice y como marca registrada. Es cierto que por no poder darle una coherente historia pueda llegar a dar la impresión de producto outside pero estamos ante uno de los mejores productos con más carácter que ha deparado el cine mainstream de la animación norteamericana. Que no es poco. Porque después de un sueño lo único que nos queda es volver a la realidad. Plana y monótona realidad que desde luego no ofrece viajes como éste.

 Disney presents… como se hizo “Alicia en el país de las maravillas

Claqueta de bitácora


 

Título original: Alice in Wonderland

Director: Clyde Geronimi, Hamilton Luske, Wilfred Jackson

Actores: Animación.

Guionista: Winston Hibler, Ted Sears, Bill Peet, Erdman Penner, Joe Rinaldi, Milt Banta, William Cottrell, Dick Kelsey, Joe Grant, Dick Huemer, Del Connell, Tom Oreb, John Walbridge (Novelas: Lewis Carrol)

Banda sonora: Oliver Wallace

Fotografía: Animación

País: Estados Unidos

Año: 1951

Género: Animación. Fantástico. Clásico Disney.

Productora: Walt Disney Productions / RKO Radio Pictures

Sinopsis

Historia de magia y fantasía en la que la joven Alicia se sumerge en el sorprendente País de las Maravillas y conoce a extraordinarios personajes como Tweedledee y Tweedledum, el Sombrerero Loco, La Reina de Corazones y el frenético Conejo Blanco.

 

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