CRITICA / Infierno azul (Jaume Collet-serra, 2016). El tiburón desangelado.

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spoilers leves

Steven Spielberg, ni en sus más remotos sueños, podía imaginar, hace ya 40 años, que su obra maestra “Tiburón” acabaría convirtiéndose no sólo en el blockbuster que marcó las reglas del juego a la hora de diseñar el taquillazo perfecto sino que convertiría a un simple escualo en uno de los serial killers más terroríficos del séptimo arte. Lo que antes era una playa se convirtió, de la noche a la mañana, en el miedo irracional hacia lo profundo, en el sentido de pavor a tan siquiera adentrarse unos metros. Porque la psique de toda una generación asociaba el mar a un animal y ese ser a terror puro. Hasta la fecha (y se dice pronto) ninguna película de o con tiburones ha logrado igualar, ya no hablemos de superar, a la obra magna del rey Midas de Hollywood. Jaume Collet-Serra decide rodar su particular odisea con uno de los animales más aterradores del séptimo arte y que de tanto en tanto reaparece en el cine como intento de causar estragos y pavores en el público respetable que decida arriesgarse a contemplar la hazaña. Es lógico pensar que las intenciones del director catalán no son ni tan siquiera rozar la magnificencia lograda de la piedra de toque del cineasta consagrado. Es más, a poco que uno analice fríamente el producto en cuestión se dará cuenta que los derroteros de “Infierno azul” van por otro lado. Lo que aquí se expone es colocar a una persona en los límites de la supervivencia ante la naturaleza indómita en todo su esplendor.

El guión de Anthony Jaswinski parte de dicha premisa sólo que comenzando con un drama intrínseco para hacer que la única protagonista de la película tenga un clavo al que aferrarse en los momentos más duros, crudos y difíciles de soportar. Si algo presenta el cine americano es que todo ser humano puede ser un héroe anónimo si tiene a los suyos en mente. El hecho de querer volverlos a ver es el empujón necesario para seguir hacia delante sin importar el peligro que aceche. Todo comienza con Nancy Adams, una chica que está estudiando medicina, que ante un colapso emocional debido al fallecimiento de su madre, decide dejarlo todo atrás viajando a México para encontrar la playa donde su madre surfeó. Así, a modo de unión con su pasado, decide adentrarse en lo inhóspito. Huelga decir que sus conocimientos médicos le servirán para ciertas circunstancias a la hora de enfrentarse al escualo. Hasta llegar al meollo y lo que realmente sirve como reclamo (la bella contra la bestia, la mujer contra la naturaleza) tenemos un pequeño inciso donde, a través de las nuevas tecnologías, Nancy entablará contacto con el resto de su familia y ciertos conocidos. Es en estos momentos donde Collet-Serra recurre a la infografía y los efectos visuales basados en lo moderno para demostrar que el paraje natural aislado no es tan peligroso ni solitario si se cuenta con los medios para relacionarse con los suyos.

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El problema radica no en la tecnología utilizada (videoconferencias, chateo instantáneo e incluso una cámara GoPro que servirá más de lo que pueda uno imaginar). Es el hecho de que todo cuanto contemplamos hasta que la protagonista se adentra en el agua es tan impostado, tan falso, tan premeditado para causar la sensación de soledad de Nancy, que podría decirse que nada de lo que nos cuenta su historia ni nada de lo que intenta transmitir llega a importar o convencer. Es todo carne de una serie televisiva sin apenas empaque, todo frío a pesar de estar tratando temas serios, emocionales y con sentimientos muy loables pero que resultan forzados si no se sabe jugar con ellos. Una vez ella entabla contacto con dos desconocidos la película se acaba transformando en una especie de spot publicitario donde se acentúan las virtudes del deporte rey en las playas soleadas donde todo está enfocado para que quien jamás haya decidido montar sobre una tabla de surf se lo plantee seriamente porque a través de un montaje videoclipero (casi podría pasar por un clip musical para la cadena MTV) sol, olas, cuerpos esculturales y felicidad máxima ante la sensación de libertad completa son expuestos con empaque. Aún así hacen que todo siga siendo forzado y sin apenas riesgo. Desde luego, hasta ahora, las intenciones no son plagiar la película de Spielberg pero sí sigue las constantes de aquella al evitar en todo momento recurrir a que el tiburón aparezca nada más empezar el metraje y dejar que sea lo costumbrista, lo rutinario y lo previsible quien dirija y marque la pauta.

De ahí que el reclamo real de “Infierno azul” tarda lo suyo en aparecer, como si de esta forma se intentara recuperar las constantes del lenguaje cinematográfico de antaño, es decir, no tener prisa por llegar sino disfrutar del viaje. El problema es que si bien es cierto se agradece no recurrir al montaje atropellado y machacado para que el espectador no se aburra, todo cuanto contemplamos hasta llegar a la fiesta es plano y poco interesante. Pero incluso una vez aparece el rey de la función uno se da cuenta que el terror no es el género dominante sino el suspense, como si se tratara de un cine casi documental sólo que al no serlo pues se magnifica el espectáculo en pos de la fantasía que permite la propia situación. Una vez ella es mordida por el tiburón (una escena inquietante y bastante bien resuelta) y se convierta en la presa a engullir es cuando todo está al servicio de un tour de force calmo con pequeñas pinceladas de frenético éxtasis ante la vorágine de un animal que desea comerse a todo cuanto tiene delante. Claro, los tiempos cambian y la narrativa igual. Ahora las chicas son guerreras y plantan cara al peligro sin acobardarse aunque el miedo esté presente. Ya no son las damiselas en apuros sino que tienen los conocimientos necesarios para subsistir, superar el problema pero también sufrir para no ser meros estereotipos impostados por Hollywood sino para plasmar un arco de emociones razonable.

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En “Buried (Enterrado)” (Rodrigo Cortés, 2010) Ryan Reynolds estaba recluido en el interior de un ataúd y en “127 horas” (Danny Boyle, 2010) James Franco se encontraba atrapado ante el peso de una gran roca. Ambos casos demostraban que los espacios mínimos podían deparar impresionantes ejercicios de estilo agobiantes y extremos a la vez. “Infierno azul” pretende hacer lo mismo sólo que a la inversa. El mar como espacio inabarcable para colocar a Nancy encima de un diminuto islote. Como ya sucediera en “Naufrago” (Robert Zemeckis, 2000), la propuesta de Collet-Serra es que a partir de una serie de circunstancias y acciones concretas ella deba ir superando los obstáculos y pueda vivir para contarlo. De ahí que sus conocimientos en el campo de la medicina le sean imprescindibles. Como si de la hija de McGyver se tratara, con un pendiente, la correa de la tabla de surf y un torniquete logrará coserse la dentellada del tiburón y así evitar morir desangrada. Pero la referencia a la obra maestra de Zemeckis no es baladí pues, al igual que Tom Hanks entablaba una especial amistad con una pelota para que la soledad no le hiciese perder el juicio, aquí sucede algo parecido. Una gaviota herida le acompañará en la odisea sólo que con una diferencia. En este caso no es para que ella no sufra de enajenación ante la soledad sino más bien como vía de escape ante la dramática situación en la que se encuentra. Tener una mascota al lado para desviar la atención de su problema y tener empatía hacia un ser inferior y débil.

Es interesante comprobar que Blake Lively, la actriz que da vida a Nancy, sea por ambas partes una heroína que no se achanta ante una amenaza real como es un tiburón pero también una persona anónima que sufre y padece, que tiene miedo y le flaquean las fuerzas ante una situación que le supera. Por así decirlo no es un estereotipo cliché. Incluso la propia película podría haber abusado de su belleza y su cuerpo escultural para convertir “Infierno azul” en un producto pasarela, más aún al estar enfocado en el mundo del surf. El que se desvíe la atención de la figura femenina escultural en pos de la naturaleza furiosa es todo un acierto pues, aún conteniendo algún que otro cliché imposible de obviar, el más gordo de ellos (lo físico) no es el centro de atención. Ni tan siquiera es el reclamo. Por lo demás, las situaciones tensas y peligrosas van aconteciendo entrelazadas, de forma concatenada, pero sin prisa ni ruido. Por un lado vemos los ataques inesperados del escualo mientras que por otro contemplamos la soledad de Nancy, en lo alto de la piedra, intentando controlar la situación y con tiempo para grabar un mensaje de despedida si la cosa desembocase en tragedia. En los tiempos que corren la infografía está a la orden del día y más aún cuando se trata de plasmar un animal de gran envergadura pero, como suele decirse, lo real, lógicamente, da más veracidad al resultado. Aún habiendo cierto realismo en las dentelladas, ataques, saltos y presencia del tiburón, cuando se nota a la legua el píxel es cuando todo cuanto contemplamos se antoja poco creíble o como mínimo forzado.

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Como suele suceder en estos casos y a tenor del metraje escueto (apenas 90 minutos), cuando la trama ya no puede dar más de sí, cuando ya se han gastado todos los cartuchos entre suspense, imprevistos, tiros por la culata y demás, se deja para el clímax lo más rocambolesco y lo que sirve para dejar una impronta (efímera a tenor de lo expuesto) que haga que la gente se acuerde de “Infierno azul”. De ahí que la bella y la bestia, una vez más, se enfrentarán en una persecución de gato y ratón previo paso por una escena realmente atractiva tanto en la trama como en la fotografía: Nancy debe pasar a través de un banco de medusas aún a riesgo de morir ante el veneno de estos animales para así evitar que el escualo la ataque. Ya en lo alto de una boya flotante de metal, Collet-Serra deja que el tiburón, que hasta ese momento se comportaba como un animal salvaje, se transforme en un auténtico asesino despiadado que activa el piloto de arrasar con todo lo que tenga por delante y convierte toda la parte final en un ejercicio de estilo surrealista y hasta cierto punto curioso. Todo está preparado para conseguir el final más loco en mucho tiempo y demostrar que si no vas a hacerlo redondo qué mínimo hacerlo a lo loco, que a veces sale mejor. En la opinión del público está si ha sido un acierto o una temeridad.

“Infierno azul”, sin lugar a dudas, intenta ser un producto liviano dentro de sus propias limitaciones tanto narrativas como efectistas que cuenta con algunos momentos puntuales de cierta soltura y pericia escénica como pudieran ser el primer ataque donde ella impactará su cabeza contra una roca (la sangre alrededor suyo, la sensación de peligro constante al saber que un tiburón acecha), la escena donde los dos chicos van en busca de ella para que el tiburón aparezca cuando menos te lo esperes al igual que el momento donde el borracho aparece como posible salvador cuando en realidad es un ser mezquino que aprovecha la incomunicación de la chica para robarle todo lo que pueda para luego recibir un castigo a modo de karma retorcido. Son sólo pequeños ejemplos que acentúan un guión que si bien es cierto no es nada del otro mundo y sin tener un suspense agradecido (estamos a unas alturas que ya pocas cosas pueden llegar a sorprender cuando se trata de ciertos elementos comunes y temas ya muy sobados) dentro de todo lo grave no es un título que moleste. No hubiese ido mal algo más de acción o incluso algo más de espectáculo en vez de quedarse rezagado como si de un documental extremo se tratase. Hoy día hay canales en la televisión de pago que ofrecen programas con más tensión. Esa carencia le pasa factura para convertirse en un título aguado que no deja marca ni se convierte en algo memorable.

Claqueta de bitácora


 

Título original: The Shallows

Director: Jaume Collet-Serra

Actores: Blake Lively, Óscar Jaenada, Brett Cullen, Sedona Legge, Janelle Bailey, Angelo Josue Lozano Corzo, José Manuel Trujillo Salas, Diego Espejel, Pablo Calva

Guionista: Anthony Jaswinski

Banda sonora: Marco Beltrami

Fotografía: Flavio Martínez Labiano

País: Estados Unidos

Año: 2016

Género: Thriller. Aventuras. Acción

Productora: Columbia Pictures / Ombra Films / Weimaraner Republic Pictures

Sinopsis

Nancy (Blake Lively) es una joven que trata de superar la pérdida de su madre. Un día, practicando surf en una solitaria playa mexicana se queda atrapada en un islote a sólo cien metros de la costa. El problema está en que un enorme tiburón blanco se interpone entre ella y la otra orilla.

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