CRITICA / Bienvenidos a Belleville (Sylvain Chomet, 2003). El swing del ciclismo.

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Tras el éxito cosechado con el cortometraje de “La anciana y las palomas”, el cual plasmaba con todo lujo de detalles las miserias del hambre, Chomet empezó a idear una historia donde ciclismo, secuestro, mafia dentro de un ritmo musical endiablado y recurriendo una vez más a una animación (muy) tradicional alejada por completo de los cánones, estilos y marcas a los que occidente nos tiene acostumbrados, tomando forma para construir un todo realmente fascinante, deslumbrante y orquestado de manera convencional, acomodada a los viejos tiempos. Ya desde los primeros minutos acudimos a una animación anclada en lo primitivo, con Tex Avery y Max Fleisher por bandera o si acaso una pequeña pincelada (aunque no estoy muy seguro) de los Silly Symphonies más primigenios donde, por el contrario, el ritmo, la música, el estilo y los dibujos animados son endiabladamente rápidos, con un sonido, una ambientación y unas trillizas a ritmo del Swing más pegadizo que uno pueda imaginar.

Empleando para ello, como estilo narrativo en la fotografía, una cámara rallada, sintiendo la nostalgia de otros tiempos pero sin perder ni un segundo el compás. Sin lugar a dudas esta intro sirve como carta de presentación de las tres mellizas del título, que son un icono en sí mismo y que serán las que doten a la película la banda sonora a modo de narración musical junto con un ritmo impresionante. Como suele suceder siempre con Chomet, éste no puede quedarse amparado o anclado a un estilo o género único y así lo demuestra con la siguiente secuencia (al igual que sucedería en su siguiente obra, L’Illusionist): rompe por completo con el blanco y negro para dar paso al color, de tono tenue, apagado, casi de color sepia, como suelen recordarse los viejos tiempos (unos a los que el director, desde luego, aprecia y por los cuales siente añoranza). A partir de aquí, de este corte abrupto, el presente toma forma y en él aparecen dos de los protagonistas de esta historia. Una abuela y su nieto  junto con el animal de compañía que será el eterno secundario y el que de vez en cuando aparezca para robar la atención del espectador.

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El director, poco a poco, sin que nosotros nos demos cuenta, nos hace cómplices de las intenciones de esa señora mayor de aspecto entrañable, tierno y simpático que intenta descubrir qué le puede hacer feliz a su nieto. Una vez ella descubre qué puede llegar a ser el motivo de su alegría, una vez la abuela da con el leitmotiv de la película y lo que se convertirá en el eje fundamental de la película, que no es otra cosa que el ciclismo, la obra da el pistoletazo de salida a un guión milimétrico y realmente hipnótico tanto en su calidad como en su trasfondo. Es en ese instante donde vemos que la bicicleta es la razón cuando “Bienvenidos a Belleville” infunde respeto por este deporte y así lo demuestra en el personaje de la abuela, quien empleará todo su esmero (podría incluso decirse devoción) para su nieto entrene hasta límites insospechados y así pueda competir en el Tour de Francia. De forma sutil la obra sigue el empeño de los adultos, los que están al cuidado y protección de sus congéneres, los que empeñan todos sus esfuerzos para que las nuevas generaciones logren conseguir su cometido a expensas de sacrificios, esfuerzo y dedicación.

Pero esto es sólo la punta del iceberg. El cine de gángsters, el cine de suspense, el melodrama, el cine musical, la comedia, el cine de acción y sobre todo y ante todo el cine de aventuras formarán un puzle maravilloso donde todas las piezas están expuestas y trabajadas en su justa medida, dándole lugar a cada uno de esos géneros en su momento indicado y sin desmarcarse o sobresalir uno por encima de otro. Lo más sorprendente es que Chomet sabe qué encaja mejor en cada escena para hacer que todo esté expuesto de forma homogénea. De ahí que no haya nada dejado al azar, todo está milimétricamente orquestado para concebir una película que supera las expectativas y esperanzas puestas en algo que se aleja por completo de lo mainstream y aún así ofrece una clase magistral de cine en estado puro.

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Amparándose una vez más en la animación tradicional, más allá de la forma rústica, alejada por completo del estilismo sofisticado, personajes esponjosos tirando a cartoon, de aspecto grácil y elegante, el director decide volver a recurrir, una vez más, a la caricatura deforme, a la fisonomía grotesca a la vez que hipnótica, de trazo grueso, sin importarle la belleza impostada o hipócrita. Como si lo estético bastante deforme fuese el canon aceptable. Fuera de diseños accesibles, aquí lo que radica o lo que prima por encima de todo es la belleza de la fealdad, la cotidianeidad de lo rutinario, ajena a lo que manda el propio formato. Ahí tenemos a esas trillizas convertidas ya en abuelas, donde la arruga es bella, o ese nieto que acaba convirtiéndose en la esencia del ciclista, cuya anatomía es realmente intrigante, de gemelos y piernas robustas pero de cuerpo escuálido, casi esquelético o esa abuela, con gafas de aumento para dotar a su rostro de una tristeza perenne y una ternura cercana, portando un zapato con calza para así dotarle esa fragilidad con la que cuentan las personas de edad avanzada pero que para ella no será impedimento para conseguir sus objetivos hacia el niño que cuida con tanto esmero.

Tampoco quiero olvidarme de esos guardaespaldas mafiosos, de fisonomía cuadrada, al más puro estilo hollywoodiense. Incluso diría, si mis deducciones no fallan, que hay cierta crítica a Disney donde se le representa con la fisonomía de una rata con bigotito. De ser cierto, menudo pullazo. Una forma sutil de dejar claro que la animación no entiende de reglas ni estilos establecidos. Pero la deformidad no sólo existe en las personas sino que también forma parte de los lugares. Por ejemplo, la ciudad de Belleville, una especie de parodia o tergiversación de Nueva York, es presentada como un lugar donde todo está apelotonado, de edificios imposibles, apiñados y altos, con calles inclinadas y carreteras imposibles, donde la gente es obesa mórbida como crítica a la población americana mientras que los mafiosos portan boina, boquilla, son sumiller del vino y portan narices anchas y deformes (otra crítica a la gente de Francia). Sin dudarlo, la obra maestra de Chomet cuenta con un humor surrealista dentro de un guión salido de una mente desbordante de ingenio pues la comicidad radica en las acciones y no en el gag en sí (la forma estricta de alimentar a su nieto o como lo entrena).

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Algo muy interesante es que el ritmo lo marca la música y el espectáculo (cada una de las apariciones de las trillizas es un lujo para el oído y la vista) o la acción (hasta se permiten el lujo de calzarse un asesinato crudo, fuera de plano y que sorprende por su sequedad) que da pie a una de las persecuciones más endiabladamente conseguida, con ciertas licencias que aún y así no molestan y que sobre todo contiene una inventiva extraordinaria, donde el surrealismo es candente (la forma de pescar, la utilización de los elementos en la casa de las trillizas, la persecución de la abuela en el patinete, etc). Se vuelve a rendir homenaje al maestro Tati, alguien que siempre está presente en la filmografía del director, ya sea en forma de cuadro – un póster de “Las vacaciones de Monsieur Hulot” – o en la propia la película pues el corto atemporal “Días de fiesta” invade la televisión. Pero es que también en los pequeños elementos vuelve a acertar como es la plasmación de los elementos naturales que dan forma a la película como son el agua, la luz, el viento o la naturaleza. Sin lugar a dudas una joya en estado puro que recibió una larga lista de premios y que demuestra que la animación no debe imponerse a una norma establecida ni que el empleo de ciertas técnicas deban ser dejadas de lado por modas pasajeras. El apostar, una vez más, por la animación tradicional demuestra una confianza absoluta en el medio. Un título recomendable de un director imprescindible.

Claqueta de bitácora


 

Título original: Les triplettes de Belleville

Director: Sylvain Chomet

Actores: Animación

Guionista: Sylvain Chomet

Banda sonora: Benoit Charest

Fotografía: Animación

País: Francia

Año: 2003

Género: Animación

Productora: Coproducción Francia-Canadá-Bélgica

Sinopsis

Champion, que ha sido adoptado por su abuela Madame Souza, es un niño solitario. Cuando ella se da cuenta de que el niño sólo es feliz sobre una bicicleta, lo somete a un riguroso entrenamiento. Años después, Champion ya está preparado para participar en la carrera ciclista más famosa del mundo: el Tour de Francia. Sin embargo, durante la competición dos misteriosos hombres vestidos de negro lo secuestran. Madame Souza y su fiel perro Bruno emprenden su búsqueda, que los lleva al otro lado del océano, a la enorme ciudad de Belleville, donde conocen a las famosas “Trillizas de Belleville”, tres estrellas del music–hall de los años 30, que deciden acogerlos bajo su protección. El gran sentido del olfato de Bruno, los pone sobre la pista de Champion. Pero, ¿podrán combatir los diabólicos planes de la mafia francesa?

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