CRITICA / La habitación del pánico (David Fincher, 2002). De bunkers y ladrones.

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Después de los atentados del 11-S en 2001 hubo una auténtica paranoia por la seguridad. La sensación de volver a sufrir un ataque terrorista hizo que una cantidad ingente de personas invirtieran sus ahorros en construirse habitaciones del pánico. De sufrir un ataque en tu propia casa o un intento de robo, esta especie de búnker acorazado sirve para que uno pueda encerrarse en el interior sin ningún problema pues cuenta con teléfono, luz y provisiones y así no sufres daño alguno. El material de partida en sí es campo libre para alguien tan eficaz en la narrativa tensa (y más aún en la exposición claustrofóbica) como David Fincher. El guión podría decirse que se resume en cuatro líneas mal contadas: madre divorciada e hija en edad difícil adquieren una lujosa casa en un barrio de alto poder adquisitivo con el beneficio añadido de contar con una habitación del pánico. La misma noche que estrenan la casa, que ya es tener mala suerte, una banda de ladrones irrumpirá en busca de un botín escondido y que tan sólo uno de ellos conoce de su existencia.

Hasta aquí todo normal, todo sencillo, incluso se podría caer en la trampa de pensar que como trama es simple. Sin lugar a dudas es la forma más que el fondo lo que llama la atención. A tenor del resultado y en comparativa con las hermanas mayores de la filmografía de Fincher puede decirse, sin que el director se sienta insultado, que “La habitación del pánico” es un ejercicio de estilo menor en su filmografía. En resumidas cuentas queda muy lejos de sus grandes obras magnas y capitales en el séptimo arte como pudieran ser “Se7en”, “Zodiac” o “La red social”. A lo largo de los años, injustamente, se la ha tildado de un montón de cosas: telefilme impostado, producto vacío, thriller acomodado a unos formatos establecidos y poco innovadores, etc. Y así sigue la lista de críticas mal enfocadas y sobre todo con más inquina que respeto. Dejando a un lado las intenciones del propio título y cuál es el nivel de repercusión dentro del currículum de un director que siempre está a la vanguardia de lo visual, la película cuenta con un diseño de producción excelente donde la ambientación aséptica de fotografía fría y distante conciben un diseño de producción casi de pesadilla malsana. Con un reparto escueto pero muy bien escogido es Jared Leto el que desgraciadamente sale peor parado o el que menos interés provoca.

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Es más, el laberíntico thriller de Finches incluso podría verse como un cuento urbano retorcido cuya intención es ver hasta qué punto puede hacer sufrir el director al espectador con las malévolas intenciones de un grupo de cacos, a cual más tensa, y manteniendo el interés y el suspense en todo momento sin importar lo que pueda pasar después. Porque el artífice de “Se7en” siempre ha sido un director muy eficaz, en el sentido más estricto de la palabra. Sabe colocar la cámara, sabe jugar con ella, manejarla a su antojo a través de grandes destellos de ingenioso artificio. También  sabe exponer su estilo sin perderse en obviedades pero ante todo, sobre todo y por encima de todo sabe dirigir el thriller como pocos, sobre todo el que entronca directamente con la forma, con la estética del propio género tratándolo como si fuera un lienzo donde plasmar su idiosincrasia particular marca de la casa. Y ahí, en ese punto base, radica la originalidad y el buen trabajo de un cineasta que no se pierde en remilgos pero tampoco se acomoda a muletillas ni tics ni clichés al uso. De ahí que la casa es utilizada a modo de personaje añadido que permite que auténticos desconocidos correteen por su interior a través de un juego de gato y ratón orquestado con el sentido estricto del ritmo, de la tensión, de la maniobra eficaz ante los esquivos, quiebres y mandobles que ofrece el propio ejercicio pero sin resultar molesto u obtuso en la realización.

Llegados a cierto punto, cuando las cartas están echadas sobre  la mesa, cuando descubrimos los motivos de los atracadores y guardándose un as en la manga para mantener el misterio hasta el final, colocamos sobre el tablero de este juego perverso  tanto madre e hija en una dualidad exquisita: son víctimas de una situación que parece no tener buen final pero en intervalos constantes se convierten en auténticas luchadoras que mantienen contra las cuerdas al enemigo cual madre coraje luchadora que es en lo que se transforma una convincente Jodie Foster. Todo cuanto contemplamos deja con la convincente sensación de que “La habitación del pánico” es un frenético tour de force perfectamente orquestado y dirigido. No hay nada en ella que no esté milimétricamente pensado para convertirse en una ginkana de puro nervio crispado. Porque el hecho de convertir la casa en un patio de juegos para centrar la atención en todo momento sobre ese bunker que sirve como momentos de agitado respiro. No se puede negar que Fincher disfruta con todo el apartado técnico al emplear efectos visuales impresionantes que  pueden llegar a pasar desapercibidos pero demuestran una pericia extraordinaria por parte del equipo técnico consiguiendo quedar, como siempre en las películas del director, por encima de la media: travellings, plano secuencia donde la cámara viaja a todo trapo por el sinnúmero de habitaciones, lugares y objetos que hay en todo el interior como si de una continuidad inteligente se tratase.

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Cuando uno contempla una película así puede que el envoltorio se convierta en su mayor y único reclamo pero son los pequeños detalles los que demuestran que a modo de sutil metáfora, como ya sucediera en “Se7en”, “The game” o incluso en “La red social”, el ser humano nace y vive solo. No hay nadie a quien le importen los demás. En este caso todo comienza con una pareja que acaba de divorciarse. Ella, Foster, se encuentra al cuidado de su hija. Al otro lado de la acera, a tan sólo unos pocos metros, se encuentra su ex marido. Una plasmación que podemos estar rodeados de personas pero no nos atrevemos a acercarnos. Como bien muestra la escena de la linterna, podemos mandar señales de auxilio que unas cortinas taparán la luz porque no queremos estar en contacto aunque la soledad mate por dentro. En cambio la película muestra la otra cara de la moneda: la habitación del pánico para evitar estar en contacto con el mal que acecha, con el enemigo que irrumpe para destrozar la vida de los demás. A esa sensación de frío, soledad, ausencia influye muchísimo la fotografía, que es gris, apagada, triste, pero todo sucede de noche, sin apenas luz. Porque estamos ante una historia tétrica, oscura que no tiene esperanza ante un futuro incierto, peligroso y letal. También puede verse como una oda a las mujeres luchadoras que deben sacar sus hogares adelantes con todo lo que conlleva la vida, cruel y despiadada, que no da cuartel y tampoco ofrece habitaciones del pánico en las cuales recluirse para tomar un respiro.

Es más, si nos ponemos a darle un aura puede llegar a verse como una especie de relato terrorífico de nuevo cuño donde la damisela en peligro debe sortear un sinfín de contratiempos y obstáculos (el teléfono debajo de la cama mientras los ladrones suben la escalera) ante la amenaza en forma de monstruos que cierne sobre su casa, su hogar y lo que más quiere, su hija, interpretada por una primeriza Kristen Stewart en su único papel decente, aceptable y acertado. Pero Fincher no quiere villanos arquetipos sino que también pueden ser completamente antagonistas, de ahí que parte de la maldad tenga sentimientos como el personaje de Whitaker frente a la falta de escrúpulos de Dwight Yoakam (la escena de la mano en la puerta a modo de trampa o el extremo clímax final dan fe de ello). Desde luego, si algo queda claro y patente es que en un título conciso en el planteamiento y juguetón con todos los trucos de artificio posibles para darle la tensión necesaria (la perforación de un lugar infranqueable, gas a modo de ultimátum, toda la secuencia en el interior de la habitación acorazada y el consabido final) hay espacio para ciertas dudas existenciales aunque por desgracia acabe siempre catalogado bajo adjetivos rutinarios del más convencional thriller si no se sabe observar bien.

Claqueta de bitácora


 

Título original: Panic Room

Director: David Fincher

Actores: Jodie Foster, Kristen Stewart, Forest Whitaker, Dwight Yoakam, Jared Leto, Patrick Bauchau, Ian Buchanan

Guionista: David Koepp

Banda sonora: Howard Shore

Fotografía: Conrad W. Hall, Darius Khondji

País: Estados Unidos

Año: 2002

Género: Thriller.

Productora: Columbia Pictures

Sinopsis

La recién separada Meg Altman y su hija Sarah se mudan a una lujosa mansión en Nueva York. Pero cuando tres intrusos invaden brutalmente su hogar, las dos se encierran en “la habitación del antipánico”, una cámara oculta construida como refugio, con cuatro muros de hormigón, línea de teléfono independiente, un conjunto de monitores que controlan todos los rincones de la casa y una impenetrable puerta de acero…

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